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viernes, 24 de enero de 2014

Metamorfosis

                                                                     a Carola Della Bianca, in memoriam

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.

Francisco de Quevedo


Los libros tienen su destino.

Terencio



I


Farías tenía más años de los que en ese momento hubiera deseado y, a la vez, muchos menos de los que podían resultar obstáculo para la tarea que deseaba emprender. Estaba entre la edad de Dante al inicio de la Divina Comedia y la de Napoleón al perder Francia. Aunque él lo desconociera, estos detalles podían leerse como buen augurio. En esa edad adquirió el Libro de las Innumerables Páginas, que pasó a ser el primer libro de su vida y dio lugar a un entusiasmo, a un ansia de lectura de tal magnitud, que sobre ese ímpetu sólo se podía pensar que provenía de la infancia, que había permanecido en letargo por largos años, sin que nada hiciera suponer fuerza semejante. Se decía que tras ese volumen vendrían otros, sin demorar, ni detener nunca, esa cadena que hoy había iniciado.

Farías llevaba ese ejemplar en sus manos, envuelto en papel de regalo, con rombos de colores sobre un fondo metálico. Papel que había sido elegido especialmente por el vendedor, presintiendo, tal vez, que al nuevo cliente lo embargaba un suceso singular e intransferible. Desde ese instante, su voluntad se entregó al obsequio que se había hecho a sí mismo.



II


Hasta aquel momento, cada día comenzaba y culminaba de manera semejante, sin que nada hiciera recordar una diferencia, un suceso que sazonara esa serie constante. Para salir de esa modorra era necesario algo fascinante y a la vez diabólico, un acto mágico y al mismo tiempo trascendente. Algo que trastornara al hombre de tal modo que hiciera que de todo lo ordinario, que hasta allí plagaba su existencia, surgiera una originalidad tan elocuente que alterara el monótono orden que él habitaba.
Si en el pasado de Farías existió una señal de distinción, esa señal era su silencio, su mascullar ideas en el fondo de la cabeza sin intentar —salvo alguna incontinencia— comunicárselas a quienes compartían con él la escena de la vida. Quizá con algún compañero, bebiendo un café, pudo animarse a intercambiar impresiones vagas sobre cuestiones que llamaban su atención. Es posible que comentara que en las tardes de lluvia el paso del tiempo es inefable, que el agua cuando cae aúna los recuerdos y pliega las imágenes de la memoria en un solo y largo día. Un día del que no podemos partir sin adentrarnos en nosotros mismos.
En su interior, Farías deseaba ser fuerte, y esa energía que él anhelaba era menester cultivarla mediante leves, casi imperceptibles gestos. Era un poder del que no se puede tener noción, sólo necesidad. Ninguna otra característica marcaba diferencias entre Farías y un simple empleado de banco, que día a día realiza su rutina, sin advertir otro escozor que el cansancio, el deseo y el hambre.





III


Pasó un trapo húmedo sobre la mesa, que hasta ayer sólo usaba para comer y apoyar sus pocas cosas, luego acercó una luz blanca que daba por entero en la sustancia de esa noche, mientras que el resto de la habitación iba siendo absorbido por la penumbra que determinaba un ámbito distinto, con leyes propias, un ámbito ajeno al que lo circundaba. Se hacía difícil distinguir una forma más allá de los primeros pasos, y el silencio era a la vez calma y tensión. Abrió el envoltorio y quedó fascinado. Las tapas eran duras, con letras doradas y un dibujo en el que se confundía un animal y un bosque, el cielo y algo semejante al mar y las montañas. Signos que debía descifrar, al igual que aquellos que lo aguardaban en el interior del libro y que página a página lo irían impregnando de nuevas costumbres e ideas.
No se sabe qué leyó en las primeras líneas, pero después de esa introducción no fue capaz de abandonar esa obra hasta que, llegado el amanecer, cayó rendido sobre la vieja y gastada madera de la mesa. Sorbos de agua, que bebía de a ratos, fueron su única distracción durante horas.


Si era posible lo que allí se decía, mucho de todo lo que había pensado hasta ese momento era verdad y cada nueva línea que leía lo arrastraba aún más a un punto sin retorno. Cerró el libro, lo abrió nuevamente y, por un instante, las páginas estuvieron desiertas. Dio un salto, un hilo de frío lo recorrió de pies a cabeza; cerró el volumen, volvió a abrirlo y todo estaba como antes. Quiso dar una vuelta al cuarto y las piernas no respondieron. Al otro día, recordó esto y se estremeció. ¿Qué era todo este mundo que lo rodeaba, si algo podía ser de ese modo?



IV


La jornada fue un trámite penoso. Aguardó impaciente que llegara la hora de salida para dirigirse con urgencia a su casa y entregarse a la lectura. Los compañeros lo notaron raro, no quisieron darle demasiada importancia, pero no perdieron la oportunidad de señalarle que estaba abstraído, que no prestaba atención. Alguno insinuó que parecía un mecanismo a cuerda que iba de un sitio a otro, haciendo lo que le correspondía, pero condicionado por una fatal obligación. Ese compañero mencionó algo sobre un tal Kempelen, del que nadie o pocos habían oído hablar. La chanza quedó ahí.
Sólo distraía su pensamiento un encuentro con Osvaldo Atenamor, en el bar Esquina Azul, a la altura de Caballito. Osvaldo lo llamó pasado el mediodía, pidiéndole que se encontraran en lo del francés. Necesitaba contarle algo y, por el tono, Farías dedujo que lo de su amigo sería otra confesión más a la que luego debería añadir sus consejos. Estaba acostumbrado a estas charlas de café que se repetían con cierta regularidad, aún cuando ni ellos mismos pudiesen prevenirlas. Lo que en él existía era la intuición en ese curso, en ese ritmo, que de una lo llevaría hasta la otra, semejante a la confianza que tienen los pescadores en el movimiento de las aguas y en el espíritu del mar.


Osvaldo traía un diario en la mano izquierda, cuando entró al bar y vio a Farías. Su amigo ya iba por el segundo café. Intentaba apurar el encuentro, darle fin y regresar, en cuanto fuese posible, a su hogar, para abocarse a lo único que le interesaba en la vida. Atenamor era ajeno a estas nuevas inquietudes de su confidente y, de alguna manera, fue a verse con otra persona, a reunirse con alguien que ya no era el amigo de antes. En su monólogo, se enfrentaba a una mirada perdida, a sucesivos monosílabos de asentimiento,  gestos extraviados que poco o nada trasmitían. Los ojos de su acompañante estaban en otra parte, lejos de ahí. Habló de una mujer, de una mujer que en el lapso en que no se vieron se había transformado en una obsesión. Más de una vez habían llegado a la conclusión de que él era un neurótico bastante avanzado, que su tema excluyente era lo femenino, hablar de ellas, mirarlas, pronunciar sus nombres y luego darle curso a la seguidilla de conquistas, que lo embriagaban como las burbujas del champagne. Para algunos era un ser monótono, para otros, un tipo divertido que encontraba en el gris Farías ese contrapeso que equilibra la balanza; el espejo inalterable donde se observan con mayor detenimiento los vaivenes de las propias experiencias amorosas. Pero esta vez, parecía que el espejo se había vuelto hacia sí mismo y no reflejaba el exterior.

Osvaldo esparció su relato como el niño que vuelca el balde de arena sobre una mesa de mármol y recoge menos de lo que trajo. Pagaron las consumiciones y fuera del bar se animaron a dar algunos pasos juntos, hasta que Atenamor se excusó diciendo que debía regresar y hacer un llamado. Se estrecharon las manos, como si fuera la primera o la última vez que se veían, ignorando la marea, que en ese anochecer iba ocultando las sombras que sobre la tierra dibujan los cuerpos, los cuerpos vivos y los cuerpos sin ánima, los recuerdos y el olvido.



V


El recorrido, desde Esquina Azul hasta Jujuy al ochocientos, no dejó rastros en la memoria de Farías. Fue como si al soltar la mano de Atenamor, su espíritu, inmediatamente, se hubiera trasladado a metros del Libro de las Innumerables Páginas, cerrando la puerta de entrada, de cara a sus propias cosas, ésas que hoy se le iban presentando como un vientre, que al contenerlo le otorgaba beneficios que antes le eran extraños, beneficios de los que ni siquiera tenía sospecha.
Abrió la heladera y retiró la jarra con agua. Se preparó el último café del día y cortó un poco de pan para acompañarlo con queso y fiambre. Todo lo realizó con lentitud, fue dejando cada elemento sobre la amplia bandeja, respetando el sitio exacto que debían ocupar. El libro estaba abierto donde el día anterior había abandonado la lectura, y su mirada fue directamente a la última palabra que había entornado. Fue como volver sin haber salido nunca de ese clima en el cual desde ayer estaba inmerso. Se cerró todo alrededor de ellos dos y un diálogo, que sólo puede tener lugar en el pensamiento, lo sustrajo del pasado.
Por la mañana, vio que en la bandeja quedaban objetos vacíos, recipientes donde él había saciado su hambre y su sed, pero no era posible saber cuándo ni cómo. Su cabeza estaba recogida entre las páginas de ese volumen.
Con la vista que no daba para más y una leve sensación de mareo, decidió que no iría a trabajar, que no tenía sentido entregar las horas a ese trajín. Necesitaba tomarse el día para él, debía penetrar en el sentido de lo que estaba sucediendo.



VI


Lo que Farías intentaba trasmitir no era fácil de ser comunicado. Ni siquiera sabía muy bien qué palabras usar para presentarse a los otros con ideas tan raras como escurridizas. La mayoría de los seres humanos que conocía eran pretenciosos y torpes. Buscaban averiguar, desde el primer gesto, qué era lo que se traía debajo del brazo, a dónde los quería llevar. Y hoy, más que nunca, se sentía ajeno a esa práctica. Dio una vuelta por las calles de su barrio, sin saber qué rumbo tomar, hasta que se largó a caminar buscando el sosiego de los árboles, los descansos de la sombra y el contacto con ese sol, capaz de darle el calor y el ánimo que le hacían falta. Pisaba ramas y hojas, oía los sonidos de ese mundo vegetal que iba dejando y, en esa letanía, el canto continuo de los pájaros que desde el parque convocaban su presencia. Esas aves exhibían que eran parte de otro juego, mientras Farías seguía adelante, sin saber dónde detenerse y hacer pie.

Hacia ambos lados del recreo, no apreciaba nada ni nadie que lo cautivara, nada que lo ayudara a despejar sus dudas. Por un instante desviaron su pensamiento las siluetas de dos niños que, en el límite de un canal, jugaban con una embarcación vikinga. Gracias a maderas y colores de nuestra época, esos chicos habían logrado reproducir un velamen, que como un cisne se abría paso en la corriente. Cuando cruzó frente a ellos, lo observaron con atención. Su paseo tenía una cadencia llamativa, un andar disperso y a la vez pleno de obsesiones. No se distrajeron con él más de lo necesario y, de inmediato, retornaron a sus gritos, saltando de un sitio a otro, alegres con esa nave nórdica que vencía la corriente del lago una cálida mañana de septiembre, con la intrepidez de otras embarcaciones mayores que siglos atrás habían surcado inmensas masas de agua. 

Ése no era su lugar, debía hallar el sitio donde sentirse a gusto, buscarlo, hacer el esfuerzo suficiente y, si fuese la única alternativa, crearlo él mismo, ya sea en su mente o en la realidad. Nada que no estuviese en su cabeza cobraba significado fuera de ella. Resolvió que había que ir al encuentro de Simaldock, golpear la seca madera de la ancha puerta de cedro, hasta que el amigo despertara de su sueño y abriera esa sala repleta de adornos y piezas traídas de los confines del mundo. Entrar ahí era husmear en un cofre, aventurarse en secretos y misterios.
Marchó hacia allá, hacia el pasaje oculto entre calles y avenidas ruidosas. En esas largas caminatas –con frecuencia realizadas por los integrantes de la secta de los peripatéticos de Almagro–, esa arteria misteriosa se hacía visible a pocos. Llegó, pero ese día no hubo respuestas, no hubo ruido de llaves, ni crujieron las juntas; la campanilla que colgaba del marco no dio un sonido, ni los ojos del otro lo invitaron a penetrar. Un gran cartel avisaba que desde el tres de marzo Simaldock había decidido no salir más a la calle, no ver más a nadie. No deseaba tener contactos que lo apartaran de su verdadera y esencial motivación. Sólo estaba dispuesto a contemplar su imagen ante el gran espejo que, limitado por un vetusto marco de plata, cubría la alta pared del cuarto. Quería presenciar cómo es el paso del tiempo. Cómo su rostro y sus muecas, todo lo que era él, lo que se mostraba y lo que se intuía, irían representando el lento transcurrir de las horas. 



Antes de tomar esa decisión final, tan extraña y meditada, Simaldock concibió diversas posibilidades. Pensó en construir una cámara que por medio de un dispositivo mecánico fuera produciendo una serie de fotografías de su persona en distintas poses, fijando esos momentos. También podía resumir sus inquietudes con el registro de una cinta de súper 8 o de una cámara de video, y era probable que un grupo de estudiantes se dispusiera a dibujar infinitos retratos, entonces el tiempo permanecería comprimido en esos variados modelos que de él desafiarían el tiempo. Pero Simaldock no quería depender de lo técnico, ni del arte o de la conducta errática de los aparatos, no iba a ligarse a estrategias que involucraran el exterior. Ellas, por su naturaleza antojadiza, eran capaces de hacerlo abandonar o de alterar de raíz su proyecto. Debía llevar en sí mismo todo lo necesario, ser a la vez espectador y espectáculo. Por más que sus sentidos fueran testigos precarios de la realidad, se atrevió a confiar en ellos y se dispuso, con sus mejores fuerzas, a permanecer el tiempo que le quedara de vida frente a ese gran espejo enmarcado en sempiterna plata, atento a las mudanzas que, por ínfimas que fuesen, acarrea el tiempo en los seres vivos.
Farías no tenía manera de conocer esas especulaciones, si bien, debido a la relación que había podido establecer con Simaldock, no era exagerado creer que ese trato le otorgaba los elementos suficientes para intuir qué estaba sucediendo dentro de ese ámbito clausurado a la mirada del otro. Advertía signos que, traducidos a los códigos que los amigos habían transitado, develaban parte del misterio, y cargaban de sentido conductas y anécdotas de los últimos encuentros, además de iluminar las propias elucubraciones. Por ahí pasaban las preocupaciones que Farías no debía continuar eludiendo si quería despejar su mente de ellas.


VII


Se abrieron sus manos y observó que no había nada, sólo el hueco de sus palmas y las líneas que inspiran lecturas a las gitanas. Al no tener entre ellas su libro, cayó sobre la silla anonadado. Pavor y la sensación de licuarse en un espejo de agua, lo debilitaron. Sintió que su cuerpo se disipaba, que su carne iba cediendo peso, que se hundía y a la vez levitaba entre las cosas. En él nacía un temor nuevo del que no tenía memoria. Sus ojos no llegaban a posarse sobre las hojas y ya la cabeza le daba vueltas, se le extraviaba el sentido entre esas cuatro paredes y la ventana que apenas permanecía abierta, como un cuadro al que el artista no le dio la última pincelada. 

Miraran sus ojos donde mirasen, no hallaban reposo y ningún objeto era capaz de trasmitirle mensaje o clave del mundo. Pudo haber escrito, sobre una gran tela, que la mirada es un puente entre ellos y nosotros, pero no tenía con qué garabatear esa línea, nadie a quien hablarle y él no era un poeta, nunca lo había sido. Estaba solo y afuera empezaba a llover, una lluvia fina iba humedeciendo la ciudad del río inmóvil. Fue recobrando el dominio. Las cosas volvieron a ser ellas mismas, cada mueble volvió a asentarse sobre el piso que lo sostenía y él, no supo cómo, apareció ante la mesa de madera oscura, con la mano izquierda acompañando su rostro, relajado y a la vez pensativo, mientras sus dedos giraban las hojas del libro.



VIII


Esa combinación de necesidad y de urgencia hacia la lectura, que en alguna oportunidad todos sentimos, la misma que nos llevó a hacer a un lado tareas consideradas impostergables, en Farías comenzó con la misma ingenuidad, pero en él no cedió, hasta transformarse en una compulsión dominante. Absorbió y dispuso del tiempo a su antojo. Ni siquiera cuando se encontraba en la oficina, cubierto de expedientes y formularios, esa fuerza permitía que nuestro lector se sustrajera a su deseo. Ese mandato aplastaba lo que se le opusiera, sin reconocer otras razones por encima de su afán.

Maximiliano lo recibió esa mañana con una lista de urgencias. Farías asentía con la cabeza a sus directivas, pero no se evidenciaba ninguna convicción interna que convalidara ese movimiento pendular. Su jefe lo observó. Tenía una buena relación con su empleado. Había mutua confianza en lo que cada uno podía esperar del otro, pero ahora Maximiliano estaba empezando a dudar. Veía a Farías distinto, de alguna manera era un Farías menos preocupado por pasar inadvertido. Un Farías ausente que al mismo tiempo empezaba a mostrarse; se estaba tornando en un ser demasiado tangible. Su ropa no lucía como antes, llevaba arrugas, alguna mancha; los zapatos no eran los que él se hubiese puesto días atrás para hacer juego con esos pantalones. Minucias, pequeñas cosas habían ido cambiando, pero juntas eran más que un detalle y no podían pasar desapercibidas para quienes lo trataban diariamente.

Alicia también pensó que su compañero ya no era ese hombre especial, que por un lado parecía alguien común y que, en circunstancias, se convertía en un ser distinguido. Alguna vez, no hace tanto, creyó que él podía ser una buena pareja para su prima. Analía se había separado dos años atrás, tenía un hijo de seis y no volvió a relacionarse con ningún hombre. Farías —de quien apenas se sospechaban encuentros informales con una mujer, con la cual alguna vez se lo vio por la calle—, bien podía condimentar esa nueva etapa. Pero ahora no sabía, no podía presumir como antes. Y lo más extraño, para todos, fue verlo entrar con el sobre de cuero negro, abrirlo y sacar ese libro del que no se separó durante toda la jornada. Entre ellos fueron susurrándose lo absorto que se lo veía, comentándose que, cuando nadie parecía mirar, protegido tras la muralla de carpetas que abundaban en la oficina, él dejaba de lado el trabajo y abría ese volumen que le había generado una atracción por encima de todo lo que se podía concebir.
Se fue haciendo la hora de la salida y muy poco de lo encomendado llegó a término. Maximiliano se molestó, pero prefirió no decir nada. Podía aguardar un día más, tal vez dos, tres días, para que volviese a la normalidad. Permaneció sentado en su escritorio largo rato, mirándose cada tanto con los otros hasta que, a la hora en punto, vio que Farías se alzó, tomó su tesoro, saludó rápidamente y salió de la oficina, camino a la calle, libre, con una sonrisa en los labios, callado pero seguro.

Al instante, el murmullo se hizo general, hasta que nadie guardó la compostura y todos se pusieron a hablar sobre el tema de los últimos días: esa metamorfosis que estaba operándose en el alma del compañero que, por tantos años, gozaba de movimientos menos erráticos y más previsibles que la órbita de los planetas.



IX


No le alcanzó la paciencia para llegar a su casa y entregarse a la obra. Ya en la primera cuadra entró en un bar y se dispuso a leer hasta que lo alcanzase la noche. La segunda vez que alzó la mirada para atender lo que el mozo le decía, se descubrió en el espejo que dominaba la larga pared del local. Esa imagen lo sedujo, después de lentos e insignificantes años le gustaba ese Farías que sonreía desde el espejo. Ése era él. Ése era Farías, con su libro entre las manos. Por un momento pensó que hubiera sido bueno tener a Simaldock cerca, que lo viera; con él sí podría haber compartido mucho de lo que ahora se agitaba en su cabeza, mientras el café se enfriaba y los hombres iban y venían, inmersos en cuestiones que no les atenían. En su silencio, contemplando más allá, atestiguando el ir y venir de la gente por la calle, se preguntó si existía en el universo un libro capaz de brindarle un conocimiento claro y distinto acerca de la vida. Si había algún objeto en este mundo que obrara mágicamente sobre todo aquello que se relacionara con él, transformándolo al punto de sacar lo mejor de cada cosa, lo mejor de cada mujer y cada hombre, dejando de lado para siempre ese torbellino de obsesivos e ínfimos afanes que envilecen la existencia.
Su ambición era cortar con el flujo de los hechos, poner límite a esa línea que avanza y arrolla con secreto vigor. Era el deseo de recobrar la libertad, de volver a ser joven, de volver a ser un niño, de ser el dueño de las horas, de las noches y de los días. Esa sensación de felicidad de la que no se tiene conciencia y que nos recorre íntegramente, de los huesos a la sangre. Se le figuró el destino de un hombre que abandona la ciudad para habitar una isla, sin saber si la isla es un desierto, un manantial o ambas cosas. Y hoy ese hombre podía ser él mismo, quien buscaba, desde lo más íntimo, fugarse de todo lo que le estorbaba y se le presentaba como inútil y falaz.
Cerró con lentitud las páginas del libro y se marchó. Lo esperaba un dilatado insomnio de horas, lagunas donde se diluye cualquier pasado y toda memoria con los que el hombre llega a ellas.


X


Dejó de encontrarse con su única amistad sexual de los últimos años. Transcurrieron semanas y fue de excusa en excusa. Ella supuso la aparición de otra mujer. Con miedo y hasta con un lloriqueo, que jamás creyó que Farías iba a provocarle, llegó a implorar que continuaran viéndose. No comprendía qué era lo que la llevaba a actuar de ese modo por un hombre con quien nunca se vio más de dos veces en el lapso de un mes. Algo en ella le decía que lo perdía, que no era por otra, pero que lo perdía y para siempre.



El martes por la mañana, cuando Alicia le avisó a Farías que era ella quien estaba en el teléfono y él se negó por segunda vez a atenderla, todos supieron que la mujer no volvería a intentarlo y que ese corte era una herida que calaba más hondo de lo que una relación por sí sola produce. Para un solitario, la presencia de una mujer, aunque no tuviese la frecuencia de lo cotidiano y que la pasión no se hiciera un lugar entre ellos, siempre era tierra firme. El mundo podía tejer su dibujo, tener sus colores y sombras, pero sin ese mojón mucho de lo que se mantenía a flote caía en un cenagal, donde no se distinguía la cabeza de un águila de la esfinge de un dios.
Se sintió observado, Eduardo y Maximiliano, desde un rincón, permanecían atentos a él. Se molestó con esos fisgones que se entrometían en lo que no les importaba, chusma que no tiene en qué consumir su vida y se mete a hurgar en la de los otros. Era una vieja historia que se reiteraba. Se distrajo, pero volvió en cuanto pudo a la lectura. No quiso darle lugar al enojo, aunque fue en ese momento cuando comenzó a pensar, con mayor firmeza, que sus tiempos en ese ámbito iban llegando a su fin, que no iba a poder mantenerse por mucho más en esa doble existencia, en la que desde un mes atrás se manejaba. No soportaba dejar de leer, apartarse del libro que ya era más su cuerpo que su propia carne. Recordó el vino, el cáliz y la hostia de la misa. Una alquimia en él había transformado cada letra en vida y ese brío, atizado por la constancia y la entrega, ahora exigía más.



XI


Lo fascinó la idea de un mundo distinto al real, un mundo hecho de literatura, un mundo de palabras, frases y adjetivos y, al ponerse a meditar, la misma pretensión de realidad y ficción se fue haciendo viscosa e inútil hasta diluirse, a semejanza de la gota que invade el mar y pierde la sustancia. 
Ese día Farías fue consciente de que eso era lo que había perseguido durante su existencia, aun cuando ni siquiera supiera que estaba detrás de algo. Eso era alcanzar el punto en el que su vida pudiera detenerse ante un gran escritorio, plagado de libros y papeles y, en medio de un altísimo silencio exterior, fuese suspendida cualquier otra tarea ajena a la lectura, al estudio continuo e indefinido de extraños textos que lo fueran transportando a ese universo del que hace poco ignoraba todo. Un gran escritorio abrazado por libros y un silencio pleno, ajeno a las voces del mundo.
Sin la primera incursión en ese estado, si Farías no hubiera tenido la imagen de un libro absoluto, sin ese concepto fundamental, no hubieran sido posibles las diversas percepciones de otros tantos volúmenes, con los que iba a ir topándose tras esa adquisición inaugural. Aquel absoluto era independiente de las probabilidades que albergaba y que al mismo tiempo excitaba en él. Farías comprendió que debía poseer las fuerzas y la claridad de un filósofo para dedicarse a la tarea que atisbaba y que sólo iba a ser capaz de concluirla si su corazón latía como el de un poeta.
Luego de las semanas iniciales, donde todo lo que se interpusiera entre su libro y él era motivo de molestia y apatía, fue percibiendo que sus sentidos iban siendo más dúctiles. Apreciaba el sabor de las uvas y manzanas con una frescura y espontaneidad inusuales, se deleitaba con el café y el vino, sus manos eran más hábiles con la seda. La calidad de los géneros y el corte de la ropa no le eran ajenos. Sus oídos recibían con distinción el abanico de sonidos que no cesaba a su alrededor. Era selectivo de una manera que jamás había imaginado. Parecía un director de orquesta que va por las calles y avenidas sin que se le escape una nota. La afinación de los pasos, las voces y el ruido de los motores, los detalles que llevarían su obra al logro más elevado o a un fatal fracaso. Olores que procedían de las casas, negocios y talleres, aromas de primavera que invadían la ciudad, fragancias y perfumes que acompañaban a Farías en sus caminatas: nada pasaba inadvertido.
Era otro hombre este Farías que aceptó con alegría la licencia que le sugirió Personal. A partir del último día en que concurrió a la oficina pudo soltarse, ser él, caminar, leer y pensar sin que ninguna efímera obligación lo distrajera. Se quedaba hasta la madrugada sin tener que estar contando las horas de sueño que tenía por delante. Sólo un detalle previo, un pormenor, pudo hacer que su libertad tambaleara.



XII


La última vez que asistió al trabajo encontró que en su lugar nada había permanecido como él lo dejó la tarde anterior. El escritorio estaba movido, las carpetas y papeles mezclados, el pequeño florero vacío y sus pertenencias dentro de una bolsa. Lo curioso fue que ninguno de sus compañeros aceptó ser el responsable de ese alboroto. Todos lo signaban a él como el que obró tales cambios y, en la conversación que tuvo con el gerente, ante sus quejas por tal hecho, esa negación de su responsabilidad fue uno de los principales argumentos que la autoridad esgrimió para aconsejarle que se tomara vacaciones. Éstas podrían prolongarse hasta una licencia sin goce de sueldo, si le parecía necesario.
Pasó el día meditando acerca del curso que habían tomado los hechos. El camino se despeja por la senda más oculta. Era extraño, lograba lo que deseaba estimulado por las mismas personas que él consideraba que iban a negarle esa libertad que ahora se dibujaba al alcance de su mano. De un día a otro iba a poder gozar de todo su tiempo en compañía de El libro de las Innumerables Páginas. Un ruido lo distrajo y se vio escribiendo, garabateando sobre una página en blanco, nombres y situaciones que no sabía de dónde provenían ni quién las animaba. Contempló a los demás. Ellos continuaban con sus tareas a un ritmo inalterable. Parecían obreros en los años de la revolución industrial, simulando máquinas, artefactos. No iba a confiarse. Si alguno había percibido algo, no se lo diría; si había llamado la atención del resto con algún gesto, jamás lo sabría. Tal como venían las cosas, podía haber gritado y no advertir lo que había hecho. Mucho de lo acontecido en esta temporada no tenía explicación, de alguna manera él accedió a ello; tuvo que tolerar con resignación y cierta esperanza la historia que se iba desplegando y le reservaba a él ese protagonismo en apariencia ingenuo.



XIII


Ya entrada la noche regresó de la caminata de esa tarde. Cuando se fue acercando a la casa algún pasaje se le figuró vidrioso, alguna calle se fue convirtiendo en extraña y la numeración se tornó indescifrable. Su conocimiento de años se iba desvaneciendo, era como si un edificio, una fortaleza que había sabido resguardar un orden distinto, un orden que había dejado de ser el vigente, se derrumbara en medio de un silencio y desdén absolutos. Y en su interior no había sitio para el horror, ni el miedo; no era el caos lo que se avecinaba, era caos lo que quedaba atrás y para siempre.

Entró despacio, como si no deseara molestar a nadie. Entró preso de una delicadeza no habitual en quien anda entre sus cosas, y dejó el libro junto a otros libros que se acumulaban sobre la mesa y otras superficies. Acomodó un bloc nuevo junto a una lapicera virgen, abrió la cama y, después de separar las sábanas, apagó la luz del velador.
Luego de algunas horas de sueño, la madrugada lo descubrió ante las hojas de su primer cuento, otorgando nombres, padeciendo situaciones, fundando ciudades y pueblos, erigiéndose creador. Se secó el sudor de la frente y sonrió entusiasmado. Abrió la boca para decir un nombre y lo dijo, lo pronunció con decisión, aceptando la complicidad del destino, saboreando cada letra, y en la alta noche continuó escribiendo hasta que llegó el amanecer. La ventana permanecía abierta de par en par.





Héctor Alvarez Castillo
Villa Maipú, octubre de 2001

(Versión definitiva del cuento: "Metamofosis", aparecido en el libro homónino.) 


sábado, 16 de enero de 2010

Una rosa para Emily, William Faulkner


Una rosa para Emily

William Faulkner



1

Cuando murió la señorita Emily Grierson, todo nuestro pueblo fue a su funeral: los hombres por una especie de respetuoso afecto hacia un monumento caído, las mujeres sobre todo por la curiosidad de ver el interior de su casa, que nadie, excepto un viejo criado —mezcla de jardinero y cocinero— había visto, por lo menos, en los últimos diez años.

Era una casa de madera, grande, más bien cuadrada, que alguna vez había sido blanca; estaba decorada con cúpulas, agujas y balcones con volutas, según el airoso y pesado estilo de los setenta. Se ubicaba en la que antiguamente fue nuestra mejor calle, después invadida por talleres y limpiadoras de algodón que se inmiscuyeron e hicieron caer en el olvido incluso los apellidos más ilustres de ese vecindario. Sólo la casa de la señorita Emily seguía alzando su obstinada y coquetona decadencia por encima de los camiones de algodón y las bombas de gasolina —un adefesio entre adefesios. Y ahora la señorita Emily había ido a reunirse con los que otrora portaran aquellos ilustres apellidos en el lánguido cementerio de cedros, donde yacían entre las tumbas, ordenadas en filas y anónimas, de los soldados de la Unión y la Confederación que cayeron en la batalla de Jefferson.

En vida, la señorita Emily había sido una tradición, una preocupación y un deber; algo así como una obligación hereditaria que recayó sobre el pueblo desde aquel día de 1894 en que el coronel Sartoris, el alcalde —quien creó el decreto por el cual ninguna mujer negra podría salir a la calle sin un delantal— le condonó el pago de impuestos desde la muerte de su padre y a perpetuidad. No era que la señorita Emily hubiera aceptado una obra de caridad. El coronel Sartoris inventó una complicada historia según la cual el padre de ella había prestado dinero al pueblo, dinero que la comunidad, por cuestiones financieras, prefería pagarle de esta manera. Sólo un hombre de la generación y con la mentalidad del coronel Sartoris podría haber inventado algo así, y sólo una mujer podría haberlo creído.

Este acuerdo generó cierto descontento cuando la siguiente generación, con ideas más modernas, llegó a la alcaldía y al Consejo. El primer día del año le enviaron por correo una notificación del pago de impuestos. Llegó febrero y aún no había respuesta. Le escribieron un oficio para pedirle que se presentara en la oficina del alguacil en cuanto le fuera posible. Una semana después, el alcalde mismo le escribió, ofreciéndose a visitarla o enviarle su coche y recibió como respuesta una nota escrita en un papel de apariencia anticuada, con caligrafía fina y fluida y tinta desvanecida, en la que la señorita Emily le decía que ya no salía nunca. También incluía la notificación del pago de impuestos, sin comentario alguno.

Convocaron a una junta especial de concejales. Una delegación fue a buscarla y tocó la puerta por la que ningún visitante había pasado desde que ella dejó de dar clases de pintura en porcelana ocho o diez años antes. El viejo negro los guió hacia un oscuro vestíbulo, desde donde ascendía una escalera que se adentraba en una oscuridad todavía más profunda. Olía a polvo y desuso —un olor a encierro, a humedad. El negro los condujo a la sala, donde había pesados muebles de piel. Cuando él abrió las persianas de una ventana, pudieron ver las grietas en la piel de los muebles y al sentarse, un ligero polvillo se elevó perezosamente alrededor de sus muslos, girando con lentas motas a la luz del único rayo de sol. En un caballete dorado deslustrado que se encontraba frente a la chimenea, se erigía un retrato al carbón del padre de la señorita Emily.

Se levantaron cuando ella entró —una mujer pequeña y gorda, vestida de negro, con una delgada cadena de oro que descendía hasta su cintura y desaparecía en su cinturón. Se apoyaba en un bastón de ébano con cabeza de oro deslustrado. Su esqueleto era pequeño y enjuto; quizás por eso lo que en otra persona hubiera sido simple gordura, en ella era obesidad. Se veía hinchada y con el mismo color pálido que un cuerpo sumergido por mucho tiempo en agua estancada. Sus ojos, perdidos en las protuberancias que formaban los pliegues de su cara, parecían dos pequeños carbones presionados en un bulto de masa que se movían de una cara a otra mientras los visitantes explicaban el motivo de su visita.

Ella no los invitó a sentarse. Solamente se paró bajo el marco de la puerta y escuchó en silencio hasta que el hombre titubeó y se detuvo. Entonces ellos pudieron escuchar el tictac del invisible reloj que colgaba de la cadena de oro.

Su voz era seca y fría. “Yo no tengo que pagar impuestos en Jefferson. El coronel Sartoris me lo explicó. Quizás alguno de ustedes pueda tener acceso a los registros de la ciudad y comprobarlo por sí mismo.”

“Ya lo hicimos. Somos las autoridades de la ciudad, señorita Emily. ¿No recibió una notificación del alguacil, firmada por él mismo?”

“Sí, recibí un papel —dijo la señorita Emily—. Quizás él se cree el alguacil… Yo no tengo que pagar impuestos en Jefferson.”

“Pero, verá usted, no hay ningún registro que lo demuestre. Debemos seguir…”

“Vean al coronel Sartoris. Yo no tengo que pagar impuestos en Jefferson.”

“Pero, señorita Emily…”

“Vean al coronel Sartoris. (El coronel Sartoris había muerto hacía casi diez años.) Yo no tengo que pagar impuestos en Jefferson. ¡Tobe! —el negro apareció—. Muéstrale a los caballeros dónde está la salida.”

2

Así que los venció, por completo, tal y como había vencido a sus antepasados treinta años atrás en relación con el olor. Eso fue dos años después de la muerte del padre de la señorita Emily y poco después de que su enamorado —el que todos creíamos que la desposaría— la abandonara. Después de la muerte de su padre ella salía muy poco; después de que su novio se fue, ya no se le veía en la calle en lo absoluto. Algunas damas tuvieron la osadía de buscarla pero no las recibió, y la única señal de vida en el lugar era el negro —joven entonces— que salía y entraba con la canasta del mercado.

“Como si un hombre —cualquier hombre— pudiera llevar una cocina adecuadamente”, decían las damas. Así que no se sorprendieron cuando surgió el olor. Fue otro vínculo entre el mundo ordinario, terrenal, y los encumbrados y poderosos Grierson.

Una vecina se quejó con el alcalde, el juez Stevens, de ochenta años de edad.

“¿Pero qué quiere que haga al respecto, señora?”, dijo.

“Bueno, mande a alguien a decirle que lo detenga —dijo la mujer—. ¿Acaso no hay leyes?”

“Estoy seguro de que no será necesario —dijo el juez Stevens—. Probablemente sea solamente que su negro mató una víbora o una rata en el jardín. Hablaré con él al respecto.”

Al día siguiente recibió dos quejas más, una de ellas de un hombre que le dijo con tímida desaprobación: “De verdad debemos hacer algo al respecto, juez. Yo sería el último en molestar a la señorita Emily, pero debemos hacer algo.” Esa noche el Consejo se reunió —tres hombres con barbas grises y un hombre más joven, miembro de la nueva generación.

“Es simple —dijo este último—. Enviémosle un aviso para que limpie su propiedad. Le damos un plazo para hacerlo y si no lo hace…”

“Por Dios —dijo el juez Stevens—, ¿acusaría a una dama de oler mal en su propia cara?”

Así que la noche siguiente, después de media noche, cuatro hombres cruzaron el jardín de la señorita Emily y se escabulleron en la casa como ladrones, husmeando a lo largo del basamento de ladrillo y los huecos del sótano mientras uno de ellos hacía un movimiento regular con el brazo, como de sembrador, sacando algo de un saco que colgaba de su hombro. Rompieron la puerta del sótano y espolvorearon cal ahí y en todo el exterior de la casa. Cuando cruzaron de nuevo el jardín, una ventana que había estado apagada estaba ahora iluminada y se podía ver a la señorita Emily sentada, con la luz detrás de ella y la parte superior de su torso inmóvil como la de un ídolo. Se deslizaron silenciosamente a través del césped hacia la sombra de las acacias que bordeaban la calle. Después de una semana o dos el olor desapareció.

Eso fue cuando la gente ya había comenzado a sentir verdadera pena por ella. El pueblo recordaba cómo la anciana Wyatt, su tía abuela, se había vuelto completamente loca y creía que los Grierson se sentían más importantes de lo que realmente eran. Ningún joven era lo suficientemente bueno para la señorita Emily y su familia. Habíamos pensado durante mucho tiempo en ellos como si fueran un cuadro, la delgada figura de la señorita Emily en el fondo y la figura de su padre al frente, con la espalda vuelta hacia ella y sujetando un látigo, ambos enmarcados por la puerta principal abierta. Así que cuando ella cumplió treinta años y aún era soltera, no fuimos precisamente complacidos, sino vengados; incluso con la locura de su familia, ella no hubiera rechazado todas sus oportunidades si éstas se hubieran materializado de verdad.

Cuando su padre murió, se rumoraba que la casa fue todo lo que le dejó, y de alguna forma, la gente estaba contenta por ello. Finalmente podrían compadecerse de la señorita Emily. Al quedar sola y pobre, se había humanizado. Ahora también ella sabría lo que eran la desesperación y el temor de tener un centavo de más o de menos.

El día siguiente a la muerte de su padre, todas las damas se prepararon para ir a su casa y ofrecer sus condolencias y ayuda, como es nuestra costumbre. La señorita Emily las encontró en la puerta, vestida como siempre y sin señal alguna de aflicción en el rostro. Les dijo que su padre no estaba muerto. Lo hizo durante tres días, con todo y que los ministros y los doctores la buscaban tratando de persuadirla para deshacerse del cuerpo. Justo cuando iban a recurrir a la ley y la fuerza, ella tuvo una crisis y ellos enterraron a su padre rápidamente.

Entonces no decíamos que estaba loca. Creíamos que tenía que hacer lo que hizo. Recordábamos a todos los jóvenes que su padre había ahuyentado y sabíamos que, ahora que nada le quedaba, tendría que aferrarse a quien la había robado, como cualquiera en su lugar lo haría.

3

Estuvo enferma durante mucho tiempo y cuando volvimos a verla, se había cortado el cabello, lo que la hacía parecer una niña, con un ligero parecido a esos ángeles de los vitrales de las iglesias —entre trágicos y serenos.

El pueblo acababa de aceptar los contratos para pavimentar las aceras y las obras comenzaron en el verano que siguió a la muerte de su padre. La compañía de construcción llegó con negros y mulas, maquinaria y un capataz llamado Homer Barron, yanki —un hombre grande, de piel oscura, vivaz, con una voz fuerte y ojos más claros que su rostro. Los niños lo seguían en grupos para escucharlo maldecir a los negros y a éstos cantar al compás con que subían y bajaban los picos. Muy pronto Homer Barron conocía ya a todo el pueblo. Siempre que se escuchaban risas en algún lugar de la plaza, él estaba en el centro del grupo. Poco tiempo después comenzamos a verlo con la señorita Emily las tardes de domingo, conduciendo su coche con ruedas amarillas y el par de caballos bayos de la caballeriza.

Al principio nos dio gusto que la señorita Emily estuviera interesada en alguien, porque todas las damas decían: “Por supuesto, una Grierson no tomaría en serio a un obrero del norte.” Pero otros, mayores, afirmaban que ni siquiera la aflicción podría hacer que una verdadera dama olvidara la noblesse oblige —sin llamarla exactamente noblesse oblige. Solamente decían: “Pobre Emily. Su familia debería visitarla.” Ella tenía algunos parientes en Alabama; pero años atrás su padre se había peleado con ellos por la herencia de la anciana Wyatt, la loca, y ya no había comunicación entre las dos familias. Ni siquiera habían enviado a alguien en su representación al funeral.

Y tan pronto como los ancianos dijeron “Pobre Emily”, los rumores comenzaron. “¿Crees que sea cierto? —se decían entre ellos—. Por supuesto que sí. ¿Qué más podría…?” Lo decían a sus espaldas; y el susurro de la seda y el raso detrás de las persianas cerradas bajo el sol de la tarde de domingo conforme sonaba el rápido clop-clop-clop de los caballos: “Pobre Emily.”

Ella llevaba la frente muy en alto —incluso cuando creíamos que había caído. Era como si demandara más que nunca el reconocimiento de su dignidad como la última Grierson; como si ese toque de desenfado reafirmara su impenetrabilidad. Como cuando compró el veneno para ratas, el arsénico. Eso sucedió un año después de que comenzaran a decir “Pobre Emily”, durante la visita de sus dos primas.

“Quiero un veneno”, dijo al droguero. Entonces ya rebasaba los treinta, era aún una mujer delgada, aunque más delgada de lo normal, con ojos negros, fríos y arrogantes, en una cara con la piel estirada sobre las sienes y alrededor de los ojos, como uno imaginaría que debe verse la cara de un guardafaros. “Quiero un veneno”, dijo.

“Sí, señorita Emily. ¿De qué tipo? ¿Para ratas y cosas por el estilo? Le recomiendo…”

“Quiero el mejor que tenga. No me importa de qué tipo sea.”

El droguero mencionó varios. “Matarían hasta a un elefante. Pero lo que quiere es…”

“Arsénico —dijo la señorita Emily—. ¿Ése es bueno?”

“¿Arsénico?… Sí, señora. Pero lo que usted quiere…”

“Quiero arsénico.”


El droguero bajó la mirada. Ella lo miró, muy erguida, con el rostro como una bandera tirante. “Bueno, por supuesto —dijo el droguero—. Si eso es lo que desea. Pero la ley exige que diga para qué va a usarlo.”

La señorita Emily sólo lo miró, con la cabeza inclinada hacia atrás para verlo a los ojos, hasta que él desvió la mirada, fue por el arsénico y lo envolvió. El repartidor, un niño negro, le llevó el paquete; el droguero no volvió. Cuando ella abrió el paquete en su casa, estaba escrito sobre la caja, debajo del símbolo de la calavera y los huesos cruzados: “Para ratas.”

4

Así que al día siguiente todos dijimos “Va a suicidarse”; y pensábamos que era lo mejor que podía hacer. Cuando se le había comenzado a ver con Homer Barron, habíamos dicho “Se casará con él”. Luego dijimos “Todavía puede convencerlo”, porque el mismo Homer había puntualizado que él no era para casarse, le gustaba alternar con hombres y se sabía que bebía con los jóvenes en el Club de Elk. Después dijimos “Pobre Emily” detrás de las persianas, cuando pasaban por la tarde de domingo en el brillante coche, la señorita Emily con la frente en alto y Homer Barron con el sombrero ladeado y un puro entre los dientes, tomando las riendas y el látigo entre sus guantes amarillos.

Luego algunas damas comenzaron a decir que era una desgracia para el pueblo y un mal ejemplo para los jóvenes. Los hombres no querían intervenir, pero finalmente las damas forzaron al pastor de la iglesia bautista —la familia de la señorita Emily pertenecía a la iglesia episcopal— a que hablara con ella. Él nunca habría de decir qué pasó durante la entrevista, pero se negó a regresar. Al domingo siguiente ellos pasaron de nuevo por las calles y el lunes la esposa del ministro le escribió a los parientes de la señorita Emily en Alabama.

De modo que de nuevo tenía parientes bajo su techo y nosotros esperamos para ver los acontecimientos. Al principio no sucedió nada. Luego estábamos seguros de que se casarían. Nos enteramos de que la señorita Emily había ido con el joyero y le había pedido un juego de tocador de plata para hombre, con las letras H.B. grabadas en cada pieza. Dos días después nos enteramos de que había comprado un juego completo de ropa de hombre, incluyendo un camisón para dormir. Entonces dijimos “Están casados”. De verdad estábamos contentos. Lo estábamos porque las dos primas eran aún más Grierson de lo que la señorita Emily había sido.

De modo que no nos sorprendió que Homer Barron se fuera —las obras en las calles habían terminado desde hacía algún tiempo. Nos desilusionó un poco que no hubiera una despedida pública, pero creíamos que él se había ido para preparar la llegada de la señorita Emily, o para darle la oportunidad de deshacerse de sus primas. (Para entonces ya era una conspiración y todos éramos aliados de la señorita Emily para ayudar a ahuyentar a las primas.) Efectivamente, después de una semana partieron. Y, como todos esperábamos, tres días después Homer Barron volvió al pueblo. Una vecina vio al negro recibiéndolo por la puerta de la cocina en la penumbra una noche.

Ésa fue la última vez que vimos a Homer Barron. También a la señorita Emily, por algún tiempo. El negro entraba y salía con la canasta del mercado, pero la puerta principal seguía cerrada. De vez en cuando la veíamos en la ventana por un momento, como cuando la vieron los hombres que esparcieron la cal, pero durante casi seis meses ella no se apareció en la calle. Entonces supimos que también esto era de esperarse; como si la personalidad de su padre, que había frustrado su vida de mujer tantas veces, hubiera sido demasiado virulenta y furiosa como para morir.

Cuando volvimos a verla, había engordado y su cabello se estaba volviendo gris. Con los años se tornó gradualmente más gris hasta que llegó a ser de un gris acerado, entrecano parejo, y así permaneció. El día de su muerte a los setenta y cuatro años seguía siendo el mismo brioso gris acerado, como el cabello de un hombre activo.

A partir de entonces la puesta principal de su casa permaneció cerrada, excepto por un periodo de seis o siete años, cuando ella tenía alrededor de cuarenta años, durante el cual dio clases de pintura en porcelana. Acondicionó una de las habitaciones a manera de estudio en la planta baja y allí le enviaban a las hijas y nietas de los coetáneos del coronel Sartoris, con la misma regularidad y el mismo espíritu con que las mandaban a la iglesia los domingos, con una moneda de veinticinco centavos para la canastilla de la limosna. Para entonces ya le habían condonado el pago de impuestos.

Entonces la nueva generación se volvió la columna vertebral y el alma del pueblo, las alumnas de pintura crecieron, se fueron y no enviaron a sus hijas con cajas de colores y tediosos pinceles e imágenes recortadas de las revistas para damas a la casa de la señorita Emily. La puerta principal se cerró por última vez detrás de la última alumna y permaneció cerrada para siempre. Cuando el pueblo tuvo correo gratuito, únicamente la señorita Emily se negó a dejarlos poner los números metálicos sobre su puerta y a instalar un buzón. Ella no los escuchaba.

Día con día, mes con mes, año con año, vimos al negro encanecer y encorvarse, entrando y saliendo con la canasta del mercado. Cada diciembre enviábamos a la señorita Emily una notificación para que pagara sus impuestos, notificación que regresaría por correo una semana después, sin haber sido abierta. De vez en cuando la veíamos en una de las ventanas de la planta baja —evidentemente, había cerrado el piso superior de la casa— como el torso tallado de un ídolo en un nicho, sin que supiéramos si nos veía o no. Así siguió de generación en generación —cercana, ineludible, impenetrable, impasible y perversa.

Y así murió. Se enfermó en la casa llena de polvo y de sombras, con sólo el negro senil para atenderla. Ni siquiera nos enteramos de que estaba enferma; hacía mucho que habíamos dejado de intentar obtener información del negro. Él no hablaba con nadie, quizás ni siquiera con ella, ya que su voz se había vuelto áspera y oxidada, como por el desuso.

Ella murió en una habitación de la planta baja, en una pesada cama de nogal con cortina, su cabeza gris apoyada en una almohada amarillenta y mohosa por el tiempo y la falta de luz del sol.

5

El negro recibió a las damas en la puerta principal, con sus cuchicheos silbantes y sus miradas furtivas y curiosas, y luego desapareció. Atravesó la casa, salió por la parte trasera y nadie volvió a verlo.

Las dos primas vinieron en seguida. Ellas organizaron el funeral al segundo día y recibieron al pueblo que venía a ver a la señorita Emily bajo un ramo de flores compradas, con la cara al carbón de su padre meditando profundamente por encima del ataúd, las damas repugnantes susurrando y los muy ancianos —algunos con sus uniformes de la Confederación recién cepillados— en el porche y el césped, hablando de la señorita Emily como si hubiera sido contemporánea suya, creyendo que habían bailado con ella y que quizás hasta la habían cortejado, confundiendo el tiempo y su progresión matemática, como le pasa a los ancianos, para quienes el pasado no es un camino que se estrecha, sino un vasto campo al que el invierno nunca toca, separado de ellos por el estrecho cuello de botella de la década más reciente.

Ya sabíamos que había una habitación en el piso de arriba que nadie había visto en cuarenta años, cuya puerta debería forzarse. Esperaron, sin embargo, hasta que la señorita Emily estuviera decentemente bajo tierra antes de abrirla.

La violencia al romper la puerta pareció llenar la habitación con un polvillo penetrante. Un paño delgado como el de la tumba cubría toda la habitación que es taba adornada y amueblada como para unas nupcias: sobre las cenefas de color rosa desvaído, sobre las luces rosas, sobre el tocador, sobre los delicados adornos de cristal y sobre los artículos de tocador de hombre, cubiertos con plata deslustrada, tan deslustrada que las letras estaban oscurecidas. Entre ellos estaba un cuello y una corbata, como si alguien se los acabara de quitar; al levantarlos, dejaron sobre la superficie una pálida medialuna entre el polvo. Sobre una silla estaba colgado el traje, cuidadosamente doblado; debajo de éste, los mudos zapatos y los calcetines tirados a un lado.

El hombre yacía en la cama.

Durante un largo rato nos quedamos parados ahí, contemplando aquella sonrisa profunda y descarnada. Parecía que el cuerpo había estado alguna vez en la posición de un abrazo, pero ahora el largo sueño que sobrevive al amor, que conquista incluso los gestos del amor, le había sido infiel. Lo que quedaba de él, podrido bajo lo que quedaba del camisón, se había vuelto inseparable de la cama en la que yacía, y la cubierta uniforme del paciente y eterno polvo cubría el cuerpo y la almohada a su lado.

Entonces nos dimos cuenta de que en la segunda almohada estaba la marca de una cabeza. Uno de nosotros levantó algo de ella e, inclinándonos hacia delante, con el débil e invisible polvo seco y acre en la nariz, encontramos un largo mechón de cabello color gris acerado.