Mostrando entradas con la etiqueta poesía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta poesía. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de junio de 2013

Prisa Un poema de Raúl Lavalle

         Prisa               

                        Tenía que llegar a tiempo
                        al Colegio. Crucé primero
                        a Francisco, un exalumno
                        cordial, memorioso de mí.
                        Muy poco me paré. Luego
                        saludé moviendo el brazo
                        al buen compadre Mariano.
                        Por fin, otra antigua alumna,
                        Carolina, dejó en mi mejilla
                        un suave beso. Mi necedad
                        no me concedió paladear
                        la dulce voz de mis amigos:
                        ¡todo por vil metal!

lunes, 24 de junio de 2013

La poesía de Rolando Revagliatti

Estos poemas fueron enviados por Rolando Revagliatti, especialmente, para este blog. Literarias agradece al autor este gesto.


El zonzo no duerme o duerme centinela

¿Qué más que velar
guardando el puesto que se le encarga
el zonzo
              hace?
¿Qué lo hace
ser la cosa que observa
y lo impele
a no perderse de vista?
¿El saldo de la Gracia?
El zonzo avizora
la defenestración
que rezuma su par:
la Desgracia

Por ejemplo, entre sueña:

“De las tres mujeres
una dormía
en esa especie de doble
cama matrimonial
Las otras dos se entendían
entre ellas
En mi cuarta parte de la cama
yo no dormía y por lo tanto ni
en sueños me las entendía
con mujer alguna”

Que digan si no cabe
                                  fácil
este sueño en el zonzo.

Llevar su merecido

Están dejando de estar todos en la mira
Candidatos: ando seleccionando a cuales atacar

Desincrústenmelo
                             quienes más lo merezcan
a mi odio.


Ablación

A los sobrados motivos que teníamos
para decidir la inmediata, felizmente obtenida
eliminación física de nuestra horrible madre

fue imposible añadir esa alucinante convergencia:
la ablación de su recuerdo.


Raptus

A la suma inicua de mis estructurales
imperfecciones
añado deterioros recientes
y renuncios de cuya cronicidad
bien no sabes

Infórmote
que en mí
definitorio
un raptus ha decidido
decepcionarte

Dejo así que anegue
mi subjetividad
la mezcolanza blanduzca
de materiales abominables
en esta especie de ciénaga. 



¿Cómo saber?

¿Cómo saben ustedes que yo no soy
lo que están buscando?
¿Me descartan porque se hallan desorientados?
Lo pago no siendo elegido
mortificándome
agresivo
apenado

¿Yo los desoriento?
¿Qué emano?
¿No soy confiable, dócil
condescendiente?

Mal
se las arreglan sin mí


¿Cómo sé yo que ustedes no son
lo que estoy buscando?
¿Los descarto porque me hallo desorientado?
Lo pagan no siendo elegidos
mortificándose
agresivos
apenados

¿Ustedes me desorientan?
¿Qué emanan?
¿No son confiables, dóciles
condescendientes?

Sin ustedes
mal
me las arreglo.



En algo hay que creer

¿En transpirar la camiseta?
¿En la insobornabilidad de mis delegados?
¿En un lecho clásico, de rosas?
¿En los ajustes de cuentas?
¿En el más acá?
¿En la supremacía de los recalcitrantes?
¿En los valores perdurables?
¿En lo que subyace, en lo que subsume?
¿En el expansionismo?
¿En lo que
                 viene-junto-con?


Soltado no sos

Encontrado por las picazones desde tu pubertad
encontrado por la maldad de las picazones desde tu pubertad
encontrado por la malevolencia
                              malicia de las picazones
desde tu pubertad

Soltado no sos
por las picazones
inyectadas de maledicencia
desde tu pubertad.



Del claudicar

Como todos
nació sin terminar
Creció sin terminar
de hacerse

No pudo, no aguantó
renunció al infinito hacerse

Y así siguió por siempre
cumpliendo rituales, burocracias
más o menos plagado de ademanes sociales
e impromptus antisociales
cumpliendo con sumatorias onomásticas
esas inevitabilidades propias
de alguien muy cumplido:

inevitabilidades esquivas
a los procesos de terminación.


Pequeño descubridor

Tempranamente he descubierto
que se puede uno parecer
a un tarado

No siempre a un tarado:
en ocasiones, a un salame
un bólido, un mequetrefe
un muerto de frío
un impresentable o ni fu ni fa

y no pocas veces
otros pareceres
de índole contigua
delatora de insuficiencias
ha podido uno
personificar
y  personificar

Y lo más interesante, claro:
                                            sin serlo.


¡Justo el 31!

                                                               “Feliz daño nuevo!”   
                                                               Martín Micharvegas (de “Parajodas (II)”, 1998)                                                                                                                            

En el daño que viene
seremos probable y comparativamente
más dichosos que en el daño actual

Este daño nos dejará resabios penosos
Como todo daño se irá pero no muy lejos
Nos merecemos otro daño
después de la seguidilla de desbarranques
de daños anteriores

Brindemos por un daño mejor
y despidámonos de éste:

¡Feliz
          Daño

                   Nuevo!

domingo, 7 de agosto de 2011

La palabra es deseo - Héctor Alvarez Castillo




La palabra es deseo


“La carne es triste, ¡ay de mí!,
He leído todos los libros.”


Stéphane Mallarmé







Ruedas giran tras otras ruedas
Y el negro carro del día
Avanza feroz sobre la noche.
Mis fuertes brazos ya no pueden hacer nada.

Siempre hay una excusa para no morir,
Y cuando se pierden todas las excusas
La mano extravía el negro puñal de la desgracia.

Nuestros rostros dormitan
A la luz del sol
Y de la luna.
Bostezan en humo y alcohol.
Revuelcan su cuerpo en la tierra,
Y apenas sacuden el polvo
Que se adhiere a los poros de esta carne.

Nos relajamos en brazos de alegres mujeres;
Eso somos,
Alegres muchachos relajados en la piel de la vida,
Y sonreímos a las que pasan cerca de nuestra mesa.
Les sonreímos con tibieza, con pudor, con osadía.
Las convidamos con lo que tenemos,
Y lo otro, lo otro se lo negamos.
De lo otro, nada sabemos.

Habituados al sueño
Nadie percibe la agonía.
Agitados, inútiles, dejamos que suceda
Lo que no sabemos evitar,
Y luego reflexionamos sobre el vivir.
Y hablamos sobre el vivir,
Hablamos todo el tiempo sobre el vivir,
El vivir es nuestra tierra.

Se derrama la baba del caracol con su paso.
Pisamos esa mugre, parece que nos deleitáramos en eso.
Es una falsedad que no debemos permitirnos:
Nuestra conciencia nos ordena que no desafine nuestra moral.

¡Nuestros ojos son ávidos! Abren las puertas
Y penetran en las alcobas.
Beben el calor en las sábanas de los amantes,
Lamen en las sombras la piel que gime.
Lamen en las sombras las mismas sombras,
Y miran hacia nuestro rostro.

¡Nuestros ojos son ávidos! Abren las puertas
Y penetran en las alcobas.

Una cadena de oro en tu muñeca,
Lleva el nombre de otro cuerpo.
Te ocultas, te escondes, ¿me temes?
¿Acaso me temes?
¿Estás tiritando y el sueño
No te deja llegar?

Antes de penetrar en esa tierra
Un campesino calló dos palabras.

Los animales dieron señales esta mañana.
Una tormenta no puede esconder
Sus quejosos vestidos.
El verano esparció agua fresca,
Y en el agua vimos sucesos.
¿Serán augurios?
Tu piel es lo que busco.

Eras quien andaba silenciosa entre los árboles,
Persiguiendo con los ojos el vuelo de las aves.

Me amas. Te ahogas y tendí una mano para salvarte.
Besaste mis dedos, te abandonabas mojada
Sobre la tierra hiriente; sol y aire te secaron
Como a una piedra en el desierto.

Ya no hay peligro. Por las noches
Te das vuelta para dormir, y te necesito.

Corro por el bosque, salto por los charcos,
Las ranas brincan asustadas; hay otras bestias.
Me miran, me observan.
Comentan alarmadas que ese hombre está loco,
Que algo lo ha perturbado, que una mujer yace
En su alma, o es el mismo demonio quien lo agita
Como a un árbol abandonado.

Grito y el eco viene a mi encuentro,
Una sombra sin vida cae inerte a mi lado.
Río ante la fuerza de las cosas. Nada más tonto.
Lo que la corriente ha dejado nacer
El mar vence con su avenencia.

Marcha el mundo a la par
De la lucha y la adversidad.
El hombre construye su existencia,
Levanta paredes, edifica ciudades, altares
Y columnas; toma de la tierra el alimento
Y descansa entre libros, junto al fuego
Y la hoguera.

¡Amparado corazón, no palpites con violencia
Por lo que ayer has despreciado!
En tu casa
Se han clausurado las celdas. Ni una abeja
Entra a dejar su miel. Dulce es el regalo,
Sagrada la fe.

Por dos palabras la muerte no se atreve,
Y el carro negro del día
Vence la furia animal. Campanas,
Campanas en mis oídos.
Campanas de una procesión.
¡Qué tarde se ha hecho!
¡Cómo no te has retirado a dormir!
No vas a descansar bien esta noche,
Y mañana estarás extenuado.

Una tragedia,
Una pena enorme,
Grande y poderosa. Campanas,
Campanas en mis oídos,
Campanas de una procesión.
¿Nuestra marcha?
¿Nuestra memoria que parte?
Aquella vez cuando dije:
“Es bueno y me está sucediendo”.

Escombros de murallas fastidian mis hombros,
Y mis espaldas van engañadas hacia el cuarto
De las desgracias
Torturas hay en mi alma, torturas pueblan la mente.
¿Quién morirá esta madrugada? ¿Quién?

Llegan desde el mar cartas de un marino
Que no vuelve. El barco no llega a las costas,
Va fantasma entre la tempestad y las olas.

No esperabas nada a esta hora, pero
Golpeó a la puerta un ángel.

Muchas noches aguardabas con ventanas abiertas,
¡Cuánto tiempo pasó desde aquellas horas!
El mayor presente siempre es inesperado.
Ahora puedes avanzar hacia ese lecho,
Puedes descansar hasta el alba,
Hasta que la oscuridad
Pronuncie sus últimas palabras.
¡Calla! La vida es distinta cada día.
Cierra los ojos para no ver la luz
Y ábrelos de repente, respira, sacude tu cabeza.

Fiebre. Tu frente vuela y no es un pájaro.
No es el cielo el techo que gira
Y el pañuelo que te calma. Se inflamó tu espíritu
De madera ardiente. Riesgo y vértigo, ¿dónde estás?
¿Dónde reposas? ¿De dónde eres?
Las doncellas salvajes, con sus pies
Y sus alas, ¿han sido negadas a los cazadores?

“El perro no es un compañero fiel,
Es un obsecuente mirar con los ojos abiertos.”
Se lo dije y era viejo. Su transpiración
Tenía olor a vodka y a grasa en las manos.
Los viejos huelen feo, huelen a muerte y a cera.

Tú eres la ausencia de las cosas.
Si lo sé, ya no hay sorpresas. Pero aún así invoco
Y alzo la voz en la noche. Los hombres se asombran
Con los misterios. No han dejado atrás sus cavernas.
Tienen sus raíces dentro de ellas. En el día
Observan las formas de la tierra y en el atardecer
Dibujan hasta dormirse. Luego sueñan
Hasta tarde. Caen como madera al río;
Aguas abajo los deja la corriente.

Es primavera, las tortugas han vuelto a comer,
Devoran la carne que le ofrecen estas manos.
Regresan a este vacío sin saber dónde están.
Confían en Dios más que nosotros.
En una balsa
Iré a pescar tiburones azules, con los ojos claros
Y las estrellas. Una luz me ha llamado y obedezco.
El trazado del cielo dice que partiré mañana.

Tu boca me habla aunque duerma, no puedo dejar de oírte.
Sé que el conocimiento es la única ilusión que guardo.
Pero el bullicio de la vida
Sigue pujando, sin descanso. Mi sangre oye
Por encima de los actos. Una huella,
Otra huella.
El camino del hielo
Es el que siempre me espera. Nieva y los brotes
Van sepultándose. Nieva y hace frío,
Un frío helado que lastima.
Estoy asustado porque no sé si te volveré a ver.
No sé si continuar. Las piernas andan solas.
Obedezco y me rindo. Me dejo sobrevivir.
Crujen las maderas de mi vida.
Sigo lentamente. Un oso cruzó espantado.
Vio el cadáver y huyó hacia el refugio. ¡Alces!
¡Hay alces en el bosque!

El agua se derrite en la estación de las flores.
Con la primavera la monotonía animal
Regresa a la sangre.

Ella compartirá la cama.
Con su piel humedecida calentará las sábanas,
Deshacerá los recuerdos, secará la memoria.

Signos de las cosas se engarzan como cifras
En el caparazón de nuestros antiguos compañeros,
Despacio, sigilosamente.
¿Sabes que aún te quiero?
¡Qué te quiero como aquel día! Aquel día de amor
Tan lejano como la partida.

Me hablaste de tu hermano enfermo.
No sabíamos quien era el otro;
Miraba una casa vieja
Y decíamos, mientras esperábamos que la vida pase.
Confiábamos nuestras ilusiones a nuestros sueños,
Y nuestros sueños a nuestras ilusiones.

Va el barco lejos y no regresa a las costas.
¿Una maldición? Alzamos altares, elevamos ofrendas
Al cielo. ¿Alguien escucha allá arriba?
¿Está Dios en alguna parte?
¿Dónde estás que no oyes? Hacemos cosas
Esperando que la vida pase. Hacemos.

¡Tú vas a llegar algún día!
Estaré con los ojos abiertos,
Veré el amanecer y tu cuerpo danzar.
Vas a llegar y estaré aguardando.

Conozco un lugar donde los jacintos son el camino;
Las fresas y las uvas,
Los alimentos. Licores beberá tu boca.
Y morderé tus labios hasta sangrar
Y la sangre bañará las encías.

Fuimos a visitar al amigo despreciado.
Está protegido por largas mantas. El calor
No ahuyenta el terror. Espera la muerte
Y no lo sabe, lo presiente.

Te has enojado
Y no sé como consolarte. Se necesita cierta sombra
Y cierta luz
Para confiar lo mejor que hay en nosotros.

El gato salta de un lado al otro.
No deja corregir lo que escribo y partirás.
Tacho una palabra y vuelvo a escribirla.
Di cómo rozaba tu cuerpo al mío.
¡Dímelo si lo sabes! ¿Lo recuerdas? ¿Lo deseas?
Me quedé dormido y al despertar
Tus piernas se atraparon entre las mías:
No la vida que hacemos para los demás,
La nuestra, la más íntima, la profunda.
La que desgarra como un alarido.

Amo los jacintos,
Los corales y el color rojo, el cielo
Cuando crece en lo alto como un sol.

No puedo.
Un tren deja las vías a distancia.
Lo he estado esperando durante días y se ha ido.
No moví un brazo para detenerlo,
No silbé su canción cuando pasaba
Y sacudía la plataforma y los hierros derruidos.

¿Nunca te has dormido después de oír
Palabras que no te importan, diálogos que
Olvidas al instante? No finjas. No seas tonta.
Nadie te oye ni te mira más que mi voz y mi rostro.
La tierra de la que tú vienes se hunde a mi paso.

Me sumergí en el mar para hallar tus perlas:
Blancas y únicas,
En mis manos se abrieron a tus manos.

La posesión de ese rostro de luz
Era adueñarse del mundo.

Paz. Paz es mi anhelo,
Pero la palabra es un deseo
Que transgrede todo límite.

¡Cuánto hace que no hablas con un ser vivo!
¡Cuántas lunas, cuánto mar bañó las playas
Y despojó a la arena de los nombres
Grabados!
¡Cuántos días
Tu barca golpeó las costas
Y nadie vio el presagio ni agitó el saludo!
Otro mar otro grito otro infierno.

La última vez que dijiste una palabra
Fue a la mujer. Una noche alcanza para saber
Qué es el amor.


Buenos Aires, 1991


Este extenso poema da nombre al libro que ha obtenido en este año el Premio de Poesía "Alejandro G. Roemmers", que otorga la Fundación "Victoria Ocampo"

martes, 11 de enero de 2011

Escribir el Paraíso: María Elena Walsh


Escribir el Paraíso
María Elena Walsh (1930-2011)


En la lírica, las voces masculinas y femeninas, a partir de la distinción que llega con la pubertad, adquieren el color que les asignará su registro. Previo a aquella etapa de cambios y ante la ausencia de lo determinado, nos referimos a voces blancas. La poetisa que a los diecisiete años editó Otoño Imperdonable, en nuestras letras es la voz blanca perenne que desafía en esa privación de cierre los registros fijos de un sector de la vida artística. Es la poetisa que entre los dieciocho y los diecinueve cumplió con el sueño de compartir esos años junto al poeta venerado: Juan Ramón Jiménez (1881-1958).
Al dejar nuestra ciudad en su visita de 1948, Jiménez invitó a María Elena a pasar una temporada en su casa de Maryland, EE.UU. La gentileza fue extendida a otros dos poetas jóvenes, pero sólo ella era quien no iba a dudar en llegar a destino.
La convivencia de esos días al lado del autor de Platero y yo no fue fácil y tampoco fue la esperada. Juan Ramón Jiménez, más allá de la imagen de serenidad que observamos en sus retratos, tenía el temperamento de un poeta. Ese contacto iba a ser recreado en Postal detenida, un poema de Hecho a mano (1965), conjunto que basta para justificar la obra de un escritor.

POSTAL DETENIDA

Voy a contarte todo
Espera que recuerde

Había nieve y Juan Ramón callaba.
Había Juan Ramón, callaba nieve.

Yo no podía más
de adolescente.

Supongo que el crespúsculo invadía
su barba y sillas locas de papeles.

No, no hay fotografías
donde me encuentres

Zenobia era de risa y sombrerito.
Pura eficacia, método celeste.

Hace ya tanto tiempo,
en 1949.

El decía sonidos oxidados
desde un aljibe, trabajosamente.

Riverdale de madera
de juguete.

Ella monologaba con cristales.
Él atendía túneles ausentes.

Yo no supe
qué hacer, dónde ponerme.

Llegué una noche y Juan Ramón estaba
mirándose por dentro, como siempre...

Es inútil.
Me duele.

Uno de los textos ensayísticos en los que sí se puede aprender acerca de autores y de libros es el volumen Curso de literatura europea de Vladimir Nabokov. En la Introducción que escribe John Updike aparece un comentario sugerente, en boca de la que años después sería su mujer, sobre la cuestión de lo que se puede trasmitir en esta disciplina: "Yo sentía que podía enseñarme a leer. Estaba convencida que podía darme algo que me duraría toda la vida... y me lo dio." Updike sintetiza la labor en la docencia por parte de Nabokov, hasta convertirse en celebridad merced a Lolita, en una frase que pule el juicio anterior: "Nabokov fue un gran profesor, no porque enseñara la materia bien, sino porque daba ejemplo e inculcaba en sus estudiantes una actitud profunda y afectuosa hacia ella."

Existe una fotografía del primer encuentro de María Elena Walsh con Juan Ramón Jiménez, es del día del desembarco de éste en Buenos Aires, 1948: la adolescente que meses después compartirá vivienda con el poeta y que aún no sabe siquiera presentirlo, mira encantada a ese hombre que es el centro de todos. En esa mirada hay amor y admiración y lo que al final de esa gira se presentó como una acceso superior a lo que ella debió haber imaginado, prendió en su memoria la calidez de aquello sobre lo cual no podemos hablar, la experiencia entrañable que trasmiten los versos finales de Postal detenida: "Es inútil./ Me duele." Un gran escritor, la maestría, enseñan desde el gesto espontáneo más que desde la información planificada que los profesores y eruditos -sin despertar del sueño de fichas y libros subrayados- exhiben a sus alumnos para su hastío y consuelo. Pound con acierto sentenció que: "Unas horas de antiguos poemas líricos cantados nos enseñan más que un año de trabajo filológico acerca de esta forma de melopeia".
Sostengo que una charla con un buen escritor, con aquél que ama las palabras y trabaja en ellas como un orfebre, nos trasmiten una vivencia única de la literatura que jamás podremos obtener en ninguna clase magistral a la que asistamos. Esa es la dicha que tuvo María Elena, a nosotros nos queda la conversación extendida a los textos. Quevedo en los malos días escribió:

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.
Y ahora leemos a Quevedo.

Sobre ella es fácil hablar. Su arte transita diversos caminos siempre con un toque mágico y personal que se identifica con aquel rostro de adolescente melancólica, ése que no extravió en sus travesuras de grande. Supo hacer de lo popular algo digno con sólo virar el folklore hacia su origen, no siendo de los que usan el arte autóctono en un proceso de desfiguración como a un animal de circo o a una fiera del zoológico. La poesía escrita continúa siendo parte de sus trabajos, no es la poesía que presagiaban las críticas de la década del 40, sino una muestra fresca de como María Elena Walsh eligió ser escritora, esa voz blanca de la que hablábamos al inicio. Y la infancia, aquel ámbito al que los mayores se aproximan con temor de rajar cristales o de espantar las crias, es el mundo donde ella suele pasearse segura. De esa parte sagrada de su obra hemos elegido algo breve, algo que conocemos todos, un poema canción que nuestros hijos pueden tararear una y otra vez hasta que lo aprendamos o, en nuestro auxilio, dictárnoslo por teléfono cuando no sabemos donde hallarlo y sólo ellos tienen el libro.

LA REINA BATATA

Estaba la Reina Batata
sentada en un plato de plata
el cocinero la miró
y la reina se abatató

La reina temblaba de miedo,
y el cocinero con el dedo,
que no que sí, que sí que no...
de malhumor la amenazó.

Pensaba la Reina Batata:
"Ahora me pincha y me mata"
y el cocinero murmuró:
"Con ésta sí me quedo yo".

La reina vio por el rabillo
que estaba afilando el cuchillo.
Y tanto tanto se asustó
que rodó al suelo y se escondió.

Entonces llegó de la plaza
la nena menor de la casa.
Cuando buscaba su yoyó
en un rincón la descubrió.

La nena en un trono de lata
la puso a la Reina Batata
colita verde le brotó...
(a la Reina Batata, a la nena, no)
Y esta canción se terminó.

Héctor Alvarez Castillo
Del libro: "Escribir el Paraíso"

jueves, 7 de enero de 2010

El dolor


X
El dolor


El dolor sigue, el dolor está dentro de uno
Por más que el bufón lo niegue, por más que diga
Que nos hemos privado de algo
Para que el dolor reine, por más que diga,
El dolor está dentro de uno.

En las últimas horas las cosas son más claras,
Hemos retirado los espejos y vemos más allá
/de nuestros labios.
En esta tarde y en esta noche que llega,
Cada cosa está despidiéndose,
Y lo mejor que puede sucedernos
Es no volver a saber nada acerca de lo ausente.
Pero hay veces en que las ideas vuelven
Y con las ideas se agita la carne,
Y no hay como detenerla, se va de uno
Lejos y errante.

Muchas palabras están escritas en este silencio
Y allá lejos esa torre no cesa de observarnos,
De todas partes llegan voces que entierran la nuestra.
Son voces venidas desde el foso, son gritos
Surgidos para espantarnos,
Pero nosotros no hacemos nada importante,
Nuestro cuerpo lleva nuestro cadáver
Y sólo esperamos la muerte
Mientras nada de valor sucede.

Pero queda un camino, del otro lado del foso,
Quizás más allá del faro, cerca pero lejos,
Un camino que no hemos recorrido ni ha hollado el bufón.
Entregaremos el conocimiento a nuestros hijos
Para que ellos lo continúen, porque aún cuando nadie
Descanse desnudo a nuestro lado
Y no reste un alma ni un cuerpo para poseer,
Y cada afecto perdido nos haya traído
Más vejez sobre la carne,
Cerraremos los ojos, veremos en tinieblas
Ese camino y un dolor muy fuerte nos quebrará el pecho.

Del poemario: El faro de la tempestad

sábado, 2 de enero de 2010

Amatista (1981-1985), tres poemas


Hojas caídas

Como si hubiera sido otoño,
Veo las hojas caídas
Que ya no se alzarán.

1983

La esperanza y la noche

Ya nada queda de nosotros
En nosotros,
La noche trajo la esperanza
Y con la esperanza se fue la noche.

1982

Los besos

Tu voz será tu cuerpo,
Tu esperanza, las estrellas,

Y de cada nombre y cada lluvia rota,
Y labios partidos y flores que nadie deshoja,

Quedará más de la historia que en la misma historia,
Quedará más del cielo en los pájaros que en el vuelo,
Quedará más de los hombres que en el silencio y el miedo.

Y al miedo lo incendiará al fuego,
Y al silencio se lo llevará el viento

Y a los besos, tan sólo los besos
Serán su recuerdo.

1982