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domingo, 8 de mayo de 2011

De por qué se pierden los paraguas


De por qué se pierden los paraguas


Están los que por error consideran al incipiente extravío de paraguas consecuencia de la distracción y el embotamiento, cuando un sincero análisis nos revela que, a semejanza de la mayoría de los accidentes y de las fatalidades, éste también se debe a la desorganización en la que, tontamente, nos pasamos la vida.
El desorden proviene de causas de toda índole, desde las naturales hasta las llamadas humanas o las artificiales. Desde los tiempos de nuestros ancestros, destino es el vocablo más acabado que hemos acuñado para las relaciones de fenómenos que a nuestra percepción se presentan como singulares. Es verdad que éstos se manifiestan en número significativo. Pero deténgase un instante y considere: ¿Por qué los días son cambiantes? ¿A qué se debe que uno no sepa a qué atenerse cuando abandona temprano el hogar y regresa a altas horas de la noche? ¿Por qué hace frío o hace calor, bajo un arbitrio que no alcanzamos a discernir? Aunque a usted le cueste creerlo, ahí comienzan, irremediablemente, los extravíos del paraguas. (En esto vamos a ser platónicos: hay un solo paraguas que es el mismo paraguas que perdemos todos nosotros una y otra vez, y que alguien encuentra, sonríe y presuroso pasa a guardarlo entre sus cosas, hasta que descansa en el armario y algún día también él lo extravía. No hay más paraguas que la noción o idea de paraguas, que reiteramos constantemente en nuestro lenguaje y desde ahí trasladamos a la realidad.)

Si fuésemos ordenados, si en el mundo algo funcionase cómo Dios manda, a una mañana sin agua, le seguiría una tarde y una noche sin agua, y a un amanecer con llovizna y chaparrones lo continuaría una tarde y una noche con llovizna y chaparrones. Sea sincero, con agua cayendo desde el cielo quién deja de pensar en ese artefacto protector. Ninguno de nosotros. Y ahí está la pregunta clave: ¿Por qué usted pierde anualmente uno, dos o más paraguas? Porque no nos ponemos de acuerdo en nada, ése es el secreto. Si nos organizáramos y resolviéramos que un día de lluvia es un día de lluvia y un día de sol un día de sol, usted no tendría, siquiera, oportunidad alguna de olvidarse el paraguas en el colectivo, subte o tren. En los cafés no se verían colgando de las sillas paraguas que entusiasman miradas anónimas, al tiempo que nadie se anima a tomarlos. Usted en medio de la lluvia jamás va a estar distraído al punto de extraviar la herramienta salvadora. Día de sol es día de sol, día de lluvia es día de lluvia. Hay que tener en claro esa dicotomía y no andar con modernas tergiversaciones de la moral. Nuestra responsabilidad y organización nos hará salvos. Ésa es la norma.

Recuerde cómo era en China, en la época dorada del Imperio. Ahí las cosas funcionaban como corresponde. El Emperador era Emperador, el obrero, obrero y capataz el capataz. Gracias a esas sutilezas se pudo construir la gran muralla que ahora hace que se nos hinche el pecho de orgullo. En esos lejanos años los obreros chinos usaban una breve sombrilla en los días de tormenta y aguacero. La sombrilla –luego denominada paraguas– tenía un diámetro que oscilaba entre los noventa centímetros y el metro veinte. Era de color oscuro para los obreros menos calificados e iba atenuándose según la jerarquía en las artes de la construcción. Y, por destacamento de soldados obreros, existía una gran sombrilla o sombrilla mayor, preparada para proteger cuadrillas enteras de obreros y al mismo capataz que estaba al mando.
Ésta –debido a su extenso diámetro, cercano a los ocho metros– era transportada y sostenida por uno o dos chinos alimentados especialmente para esa tarea. ¿Dónde guardaban los chinos estos implementos en los días primaverales? Ésa es otra clave, ahí cuando llovía, llovía y cuando no, no. Y estos rudimentos pasaban a la custodia de seres especialmente adiestrados para esas tareas, que los dejaban, cuidadosamente, uno al lado del otro, en ocultas cavernas construidas a la vera de la gran muralla, sitios que han hollado pocas manos desde aquellos antiguos años.
Pero eso es otra historia y no debemos mezclarnos y confundirnos y hablar de uno y otro tema, todos y de todo, al mismo tiempo. Ésa no es nuestra intención, esos no son nuestros hábitos.


Sáenz Peña, agosto de 2005
Del libro: "Naif. Del Juego a la literatura".

Publicado en México, en la revista "Algarabía", Nro. 57, Año VII (Junio, 2009)

jueves, 20 de enero de 2011

Aprendiz de librero


Aprendiz de librero


Se le había extraviado la bolsa verde con ese raro ejemplar del Quijote, el que tenía guardas doradas en el lomo y en la tapa una ilustración que parecía ser de Doré. Confiaba en que lo había dejado sobre el escritorio. Al menos, la última vez en que lo vio estaba apoyado ahí. Ahí donde lo dejó la anciana dentro de la bolsa. Donde debía estar y no estaba. Nada verde y ningún ejemplar encuadernado del Quijote ni de obra semejante dejaban verse.

Era su primera semana como aprendiz. Intuyó que ahora empezaba el verdadero conocimiento. No sólo era imprescindible saber de autores, de obras clásicas y de movimientos literarios. No alcanzaba haber leído noches enteras bajo la tenue luz de una lámpara. El negocio, al fin de cuentas, era un negocio y la erudición y el amor profesados no alcanzaban, por sí mismos, para satisfacer las urgencias del oficio.

Buscó una nueva vez. Con el mismo ahínco. Era la cuarta ocasión en que repetía todos los movimientos de la tarde anterior, en que recorría de un extremo al otro el salón y los estantes, el breve depósito, la pila de volúmenes sin marcar. La cuarta vez y sin la menor suerte. La bolsa verde y el ejemplar de la obra magna de Cervantes –ese Quijote ya único, que con los avatares adquiría un prestigio quizá inmerecido– se habían esfumado. Eran parte de una fuga. No sabía cómo explicarlo. ¿Alguien los habría hurtado? ¿Y si la misma anciana que lo trajo para la venta, una vez cobrados los pocos pesos que él le ofreció –en un gesto de dignidad y de arrepentimiento– decidió quedarse con el libro y el dinero, y se lo llevó con la bolsa que lo traía? ¿O si el chico que le preguntó la hora, ése que sonreía como tonto, se aprovechó de su confianza, o la joven de flequillo agradable, ésa que le compró Rosaura a la diez y se fue tan contenta? ¿Quién de todos ellos y cuándo, en qué descuido? ¿Y cuál era la causa? ¿Era que él se distraía, que las historias que habitaban cada título penetraban avasallantes esa realidad más esquiva por material e innominada?

Sintió que el piso no le respondía, que la cabeza, lentamente –pero cada vez con mayor convicción– le daba vueltas. Se sentó en el sillón que hace tres días le deparaba el destino y apoyó los codos en la madera del escritorio colmado de papeles, con desperdigados volúmenes de Turgueniev, Tolstoi y Schopenhauer, con el busto de Shakespeare en bronce que lo intimidaba desde un ángulo; emblema de un ejército de lapiceras, hojas y manuscritos que clamaban su atención. Separó los lentes a un costado y permaneció en silencio, quieto, ensimismado. Luego se recostó sobre el respaldo y estiró las piernas. No había caso, la bolsa no estaba en ninguna parte y media historia de la literatura lo contemplaba arbitraria desde esos tomos apretados, a veces opacos, otras coloridos, sin más complicidad que la indiferencia. Estaba solo. No había duda. Solo. Y la bolsa verde y el Quijote de lomo dorado, con ese Doré grabado en la tapa, ausentes sin retorno.

¿Qué hora era? Aún debía de ser temprano. El día apenas comenzaba y no se decidía a nada. ¡Dio un salto! Una voz lo sustrajo de sus meditaciones. Abrió los ojos y ante él se hallaba una joven de veinte años que apenas respiraba mientras una interminable lista de poetas era convocada por su boca.

–¿Busca algo?– Atinó a murmurar.

–¡Sí, sí, de lo que le hablaba, de lo que estaba hablando! ¡Poesía! ¿Dónde hay poesía?

¡Poesía! ¡Ahora, a él! ¡Sin la bolsa verde y sin el Quijote! A él que estaba culminando su primera novela, a él que desde Bécquer en sus años escolares se había prometido no desperdiciar más tiempo en esa cenicienta pasada de moda.

–¡Oiga, qué tiene para mostrarme! –Silencio.– ¡Por qué me mira de ese modo! –Y comenzó a reírse. Era linda, de una belleza capaz de perturbarlo aún más en esa mañana.

–Sólo dígame donde están esos libros –sonrío– y yo haré el resto.

–Ahí, ahí. Ahí está la poesía, ahí están el estante de poesía, los dos estantes; ahí están los libros. –Señaló con descuido hacia un sector de la biblioteca de madera oscura que estaba cerca de ella.

La joven lo volvió a mirar y sin dejar de reírse fue hacia donde él le había indicado. Entonces se alzó como si despertara de una larga somnolencia. Nuevamente estaba en la librería, nuevamente era el aprendiz de librero atendiendo a una probable compradora. La bolsa verde, el Quijote o lo que sea, en algún sitio deberían hallarse. Pero era tiempo de apartarse de esas preocupaciones. Ya está. Más no podía hacer. Que otro se ocupara de esas cuestiones. Él, cuando finalizara la jornada de trabajo, retornaría a la corrección del sexto capítulo de la novela, justo donde lo había abandonado ayer. Las horas, incesantes, transcurrirían con cierto tedio, pero en ocasiones había motivo para la alegría y hasta para la diversión. De lo que no debía olvidarse era que el negocio era el negocio. Una librería no era esparcimiento. Lo había aprendido.

–¡Éste no tiene precio!

–Ocho, ocho pesos…

–¡Uhm! ¿Seguro?– Y también él tuvo que sonreír.


Villa Urquiza, julio de 2008

martes, 11 de enero de 2011

Escribir el Paraíso: María Elena Walsh


Escribir el Paraíso
María Elena Walsh (1930-2011)


En la lírica, las voces masculinas y femeninas, a partir de la distinción que llega con la pubertad, adquieren el color que les asignará su registro. Previo a aquella etapa de cambios y ante la ausencia de lo determinado, nos referimos a voces blancas. La poetisa que a los diecisiete años editó Otoño Imperdonable, en nuestras letras es la voz blanca perenne que desafía en esa privación de cierre los registros fijos de un sector de la vida artística. Es la poetisa que entre los dieciocho y los diecinueve cumplió con el sueño de compartir esos años junto al poeta venerado: Juan Ramón Jiménez (1881-1958).
Al dejar nuestra ciudad en su visita de 1948, Jiménez invitó a María Elena a pasar una temporada en su casa de Maryland, EE.UU. La gentileza fue extendida a otros dos poetas jóvenes, pero sólo ella era quien no iba a dudar en llegar a destino.
La convivencia de esos días al lado del autor de Platero y yo no fue fácil y tampoco fue la esperada. Juan Ramón Jiménez, más allá de la imagen de serenidad que observamos en sus retratos, tenía el temperamento de un poeta. Ese contacto iba a ser recreado en Postal detenida, un poema de Hecho a mano (1965), conjunto que basta para justificar la obra de un escritor.

POSTAL DETENIDA

Voy a contarte todo
Espera que recuerde

Había nieve y Juan Ramón callaba.
Había Juan Ramón, callaba nieve.

Yo no podía más
de adolescente.

Supongo que el crespúsculo invadía
su barba y sillas locas de papeles.

No, no hay fotografías
donde me encuentres

Zenobia era de risa y sombrerito.
Pura eficacia, método celeste.

Hace ya tanto tiempo,
en 1949.

El decía sonidos oxidados
desde un aljibe, trabajosamente.

Riverdale de madera
de juguete.

Ella monologaba con cristales.
Él atendía túneles ausentes.

Yo no supe
qué hacer, dónde ponerme.

Llegué una noche y Juan Ramón estaba
mirándose por dentro, como siempre...

Es inútil.
Me duele.

Uno de los textos ensayísticos en los que sí se puede aprender acerca de autores y de libros es el volumen Curso de literatura europea de Vladimir Nabokov. En la Introducción que escribe John Updike aparece un comentario sugerente, en boca de la que años después sería su mujer, sobre la cuestión de lo que se puede trasmitir en esta disciplina: "Yo sentía que podía enseñarme a leer. Estaba convencida que podía darme algo que me duraría toda la vida... y me lo dio." Updike sintetiza la labor en la docencia por parte de Nabokov, hasta convertirse en celebridad merced a Lolita, en una frase que pule el juicio anterior: "Nabokov fue un gran profesor, no porque enseñara la materia bien, sino porque daba ejemplo e inculcaba en sus estudiantes una actitud profunda y afectuosa hacia ella."

Existe una fotografía del primer encuentro de María Elena Walsh con Juan Ramón Jiménez, es del día del desembarco de éste en Buenos Aires, 1948: la adolescente que meses después compartirá vivienda con el poeta y que aún no sabe siquiera presentirlo, mira encantada a ese hombre que es el centro de todos. En esa mirada hay amor y admiración y lo que al final de esa gira se presentó como una acceso superior a lo que ella debió haber imaginado, prendió en su memoria la calidez de aquello sobre lo cual no podemos hablar, la experiencia entrañable que trasmiten los versos finales de Postal detenida: "Es inútil./ Me duele." Un gran escritor, la maestría, enseñan desde el gesto espontáneo más que desde la información planificada que los profesores y eruditos -sin despertar del sueño de fichas y libros subrayados- exhiben a sus alumnos para su hastío y consuelo. Pound con acierto sentenció que: "Unas horas de antiguos poemas líricos cantados nos enseñan más que un año de trabajo filológico acerca de esta forma de melopeia".
Sostengo que una charla con un buen escritor, con aquél que ama las palabras y trabaja en ellas como un orfebre, nos trasmiten una vivencia única de la literatura que jamás podremos obtener en ninguna clase magistral a la que asistamos. Esa es la dicha que tuvo María Elena, a nosotros nos queda la conversación extendida a los textos. Quevedo en los malos días escribió:

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.
Y ahora leemos a Quevedo.

Sobre ella es fácil hablar. Su arte transita diversos caminos siempre con un toque mágico y personal que se identifica con aquel rostro de adolescente melancólica, ése que no extravió en sus travesuras de grande. Supo hacer de lo popular algo digno con sólo virar el folklore hacia su origen, no siendo de los que usan el arte autóctono en un proceso de desfiguración como a un animal de circo o a una fiera del zoológico. La poesía escrita continúa siendo parte de sus trabajos, no es la poesía que presagiaban las críticas de la década del 40, sino una muestra fresca de como María Elena Walsh eligió ser escritora, esa voz blanca de la que hablábamos al inicio. Y la infancia, aquel ámbito al que los mayores se aproximan con temor de rajar cristales o de espantar las crias, es el mundo donde ella suele pasearse segura. De esa parte sagrada de su obra hemos elegido algo breve, algo que conocemos todos, un poema canción que nuestros hijos pueden tararear una y otra vez hasta que lo aprendamos o, en nuestro auxilio, dictárnoslo por teléfono cuando no sabemos donde hallarlo y sólo ellos tienen el libro.

LA REINA BATATA

Estaba la Reina Batata
sentada en un plato de plata
el cocinero la miró
y la reina se abatató

La reina temblaba de miedo,
y el cocinero con el dedo,
que no que sí, que sí que no...
de malhumor la amenazó.

Pensaba la Reina Batata:
"Ahora me pincha y me mata"
y el cocinero murmuró:
"Con ésta sí me quedo yo".

La reina vio por el rabillo
que estaba afilando el cuchillo.
Y tanto tanto se asustó
que rodó al suelo y se escondió.

Entonces llegó de la plaza
la nena menor de la casa.
Cuando buscaba su yoyó
en un rincón la descubrió.

La nena en un trono de lata
la puso a la Reina Batata
colita verde le brotó...
(a la Reina Batata, a la nena, no)
Y esta canción se terminó.

Héctor Alvarez Castillo
Del libro: "Escribir el Paraíso"

lunes, 3 de enero de 2011

Víbora del Desierto


Víbora del desierto



Vi el dibujo de una serpiente en la arena. Alerta, sólo exhibía la cabeza sobre ese desierto dorado que hervía en la hora más alta de su dios.
Su cuerpo se había mecido hasta enterrarse en un río que no es un río y que ahora era el laberinto que hace años nombró el poeta.
Las marcas, las líneas de su forma, eran el testimonio del cuerpo. Calentaba su organismo mientras se refugiaba de otros predadores que a semejanza de ella aprovecharían un descuido para hacerse de la presa.
No tenía otro destino que sobrevivir y trasmitirse de generación en generación. Extática parecía una efigie de piedra.

No oí el ruido de caravanas de viajeros ni mercaderes. Ni vi los guerreros que desafían la luz. Sólo contemplé ese rostro y esos ojos de sangre fría.

Desperté entre las sábanas –era otoño– moviendo los dedos de una mano como si fuese una cabeza de reptil. Observé mis piernas quebradas de tal modo que entre los huecos que dejaban la tela plegada construía territorios blancos que emulaban un distante e infinito escenario.
Me dejé caer sobre las hojas secas que habían penetrado por la ventana. No atiné a ninguna palabra.


Santa Rita, diciembre de 2010

viernes, 31 de diciembre de 2010

Cuando nos alcance la felicidad


Cuando nos alcance la felicidad


Hay que estar preparado, entrenado día y noche, bien despierto de alma y corazón, para cuando llegue y nos alcance la felicidad.
Nos debe encontrar de la mejor forma, espléndidos, fuertes y rozagantes; ni débiles ni huraños. Aquellos malos días deben haber pasado.

Vendrá la felicidad y nos hallará jóvenes, pletóricos de ilusiones.
La felicidad será nuestra.

Llevo conmigo la imagen de la luna detrás de altas ramas que rodean el espejo de agua donde se reflejan tu figura y la mía.

Si preguntaras a esta hora –cuando cierro los ojos y sólo veo dentro de mí– de qué felicidad hablaba la otra tarde, te respondería que ninguna palabra viene a mi boca para confesarte lo que no sé, pero que al instante percibo en íntimo conocimiento.
No hay esmero que alcance este saber.
Lo que trasmite esa imagen es lo que tengo para darte, y ésa es mi felicidad. La tuya será otra imagen. La tuya tal vez tenga palabras.

Con los días muda la imagen. A veces estoy solo, otras acompañado. No siempre hay silencio, pero aunque no hable, ni murmure, en mi pensamiento fluye una música.

Cuando nos alcance la felicidad la luna estará en lo alto.

Sáenz Peña, abril de 2007/ Villa del Parque, enero 2010

domingo, 1 de agosto de 2010

El reino de Mâra


a Carmen Dragonetti y
a Fernando Tola
Cuando las cosas se revelan en su
verdadera naturaleza al brahmán que
medita con fervor, entonces él
dispersa al ejército de Mâra, como
el sol que ilumina el cielo.
Udâna I, 3



Dejó la atizada escudilla encima de la tierra. Esa mañana, de
la limosna obtuvo su única comida. La noche anterior no le
había dado descanso al joven monje y antes de que cesara la
luz quería llegar al bosque donde moraba el bhikkhu Uttiya.
Sabía que el maestro lo esperaba desde esa caminata final
alrededor del estanque de la antigua ciudad.
Tuvieron que pasar largos y esforzados años antes de que el
joven bhikkhu realizara dentro de sí el conocimiento anhelado.
En los últimos meses las prácticas ocuparon buena parte de las
jornadas. Descansaba al resguardo de la sombra; el sol cada
vez más fuerte se hacía difícil de soportar. La pasada estación
fue más pródiga en reptiles y alimañas. Saddhamanda
permaneció semanas enteras internado en los bosques, aislado
del mundo de los hombres, enfrentado a los fantasmas y a su
soledad, realizando los deberes en el mayor silencio. Al
amanecer, el canto de los pájaros era auspicioso anuncio para
comenzar. Caminaba y meditaba hasta que el sol desaparecía
nuevamente y la tierra tornaba a ser penumbra. Una vez un
pájaro blanco lo siguió un trecho del sendero. Oyó el ruido del
aire cuando se abre, las alas planear y sacudirse. Miró el cielo
y vio donde estaba. Cerró los ojos y volvió a observar. Susurró
unas palabras y continuó solo por el camino.
Diariamente realizaba los mismos actos como si fuesen un
ritual. A la luz del sol llegaba hasta el río para restregarse los
ojos con agua fresca. Luego marchaba en busca de un sitio
donde ejercitar las posturas en las que había sido instruido.
Saddhamanda tuvo un feliz comienzo al unirse a la comunidad.
Las primeras enseñanzas cayeron sobre buena tierra y el camino
a la ordenación fue haciéndose llano. Saddhamanda cumplía
estrictamente con los deberes que le daban, no había prueba
que inquietara su templada voluntad. Antes del mes de vesak
—en el cual tomó los hábitos—, sus palabras y gestos ya
exhibían un gran desapego hacia todo lo de este mundo. Pareció
de toda la vida dejar las ropas comunes y tomar el manto
amarillo como protección. Entró en el sandha con una fe
inquebrantable.
En Buda me refugio, en Buda me refugio, repetía con la voz
de quien reitera una acción desde un tiempo incierto. En ese
estado reinició la senda cercana a los bambús, con los ojos
semejantes al loto en el otoño. Sabía que Uttiya lo aguardaba.
Todavía joven, pero ya maduro para ese día, había comenzado
la marcha más importante de su existencia.
Al refrescar su cuerpo, por un instante recordó el sueño de esa
última noche. Si cesan tus deseos, cesará el mundo, tuvo que
decirse una y otra vez. Marâ se le había hecho presente con
más intensidad que nunca. Las tentaciones finales eran las más
difíciles. Provenían de lo más profundo. Residían en sus mismas
entrañas de hombre; toda esa noche debió luchar con firmeza
para vencerlas. El sol lo halló exhausto y a la vez más seguro,
más cerca del último paso. El bhikkhu Saddhamanda había
inclinado a la carne, ahora sólo restaba deshacerse de apegos
originarios y alcanzar el vacío. Estaba preparado, en su interior
la malicia y el error ya no tenían de qué aferrarse.
Al atardecer llegó al extremo sur del río. Desde lejos su olfato
reconoció el olor a carne humana y fue directamente hacia el
lugar en que las ramas se confunden con raíces y surgen de la
tierra transformadas en nuevos troncos. Bajo un árbol Bo, el
Thera, en posición erecta, aspiraba y expiraba profundamente.
Saddhamanda dejó la escudilla a un lado. No quería alterar al
bodhisattva. Por un momento contempló el esplendor de la
naturaleza. La tierra permanecía en paz, el aire era cálido en
esa región y el agua había apaciguado todo el fuego. El monje
comprendió que los elementos eran benignos para la
oportunidad. Miró por un instante al bhikkhu. No sintió el
anhelo de acercarse. Cualquier deseo sería agregar causas al
samsâra. Sólo el Señor de los elefantes era el refugio y la
protección que necesitaba. Ese ejemplo había sido su guía y
reparo, ahora el ciclo de las existencias quedaría vacío, como
la médula de un árbol llautén.
Al igual que Uttiya realizó la asana perfecta, se sentó listo a
realizar los ejercicios respiratorios hasta regularizar el ritmo
del corazón y entrar en samadhi. Su pensamiento se concentró
hasta quedar desprovisto de toda idea, sin tener más respuestas
ni preguntas para el mundo. Su lengua calló, ya no había nada
que pronunciar y su cuerpo, más inmóvil que el árbol sagrado,
dejó de producir acciones. Nada ligaba a los monjes con las
cosas, porque ya nada les pertenecía. Se habían desprendido
de toda conciencia y Mâra no ejercía más dominio sobre ellos.
No quedaban vínculos, era la vía, la Iluminación.
Aspiraban y expiraban con regularidad, su sangre corría más
despacio por sus venas. No se reconocía uno del otro. No eran
Uttiya ni su discípulo. No eran las aves del monte ni eran el
monte, no eran la noche ni el sol que despeja la telaraña de la
noche.
La llovizna comenzó a mojar los cuerpos, leche de arroz
vertiéndose desde una gran nube blanca. Luego se oyeron
fuertes truenos y rayos y la lluvia se hizo más dura con la
tormenta. Sólo se veía el débil reflejo de la luna sobre un claro
de agua. Por días y noches llovió más que en varios años y el
río creció hasta rebalsar sus límites y llegar al cuerpo de los
budas. Primero mojó sus pies, luego cubrió sus piernas y el
torso de ambos. Llovía incesantemente. El agua llegó a sus
bocas y cubrió sus rostros.
Cuando la tierra enmohecida volvío a ser divisada, ya no
quedaban restos de los hombres, sólo unas viejas túnicas
enredadas en las ramas de un árbol.

La Paternal, 1987 / Almagro, enero de 1990

domingo, 21 de marzo de 2010

Marzo, el mes del no libro


Si tenemos en mente cualquier definición histórica de libro desde que el ser humano creo la escritura, desde que los griegos acunaron el término biblós para referirse a lo que en un inicio era un rollo de papiro, el mes de marzo para nosotros es el mes que se muestra consagrado con mayor insistencia a ese frágil pero perdurable objeto. Al comienzo del llamado ciclo escolar miríadas de niños, adolescentes, jóvenes y padres recorren librerías, ferias y bibliotecas, en su trajinar tras las solicitudes de los docentes. Pero, ¿se consagran al libro? ¿Existe a la par de lo intenso de esa búsqueda un respeto y aprecio similares?

El libro se transforma y casi se limita a una mercancía. Las librerías que trabajan con textos escolares y complementarios, pasan a ser el privilegiado sitio de intercambio de ese objeto devaluado que parece haber extraviado su esencia. Entre la mano que paga y retira un ejemplar y la que cobra y entrega el libro subsiste la misma relación que entre la que entrega y la que retira una lata de conservas o un pan de manteca. El intercambio de marzo, que llega hasta abril o mayo, despoja al libro tanto de la dimensión de reservorio del saber como de instrumento para el mero esparcimiento o disfrute. La comercialización del libro de marzo, gracias a sus principales actores -las editoriales de textos, los docentes y los padres- es un vasto escenario de la alienación. La "extrañeza" que este ejercicio guarda con el objeto transmisor de conocimiento convierte a éste en un ente vacío de sentido. El libro transformado en mercancía es manipulado con desdén, como una obligación y no una cita, invitación al descubrimiento y la creación.

En marzo sucede todo aquello que uno no esperaría que sucediera. En marzo todos somos libreros. Las editoriales invaden ámbitos del circuito comercial vedados por principios básicos de comercialización, penalizados por leyes que no se aplican. Grupos preponderantes dentro del mercado editorial, como Santillana, disponen parte de su fondo en "promoción", y a esas ediciones "promocionadas" les marcan precios de novedad, bajando los descuentos. Con lo cual percibimos que la promoción sólo sirvió a la editorial, ya que limpió stock con mayores ganancias. Les comento que esto no es más que un ejemplo de jardín de infantes en comparación de otros comportamientos regulares como son las ventas dentro de los mismos establecimientos educativos, con la anuencia de los directivos, la bendición a librerías, en perjuicio de otras, y demás conductas semejantes.

¿Puede modificarse este panorama? Primero hay que recordar que este mercantilismo obsceno está ligado a la estructura del año escolar, al cual parasita. Y que es hijo dilecto de la conducta indecente -cuando menos- de las editoriales de texto, sumada la "ignorancia" hacia el libro que recorre por el resto del año a la mayoría de los hogares. Si durante el año el libro ocupara una posición distinguida en el núcleo de las familias, ahí tendríamos la primera defensa. No se tildaría de gasto, de molesto gasto, a la compra de los textos escolares, con lo cual el primer acercamiento sería distinto y el nivel general de los mismos, en una sociedad más ilustrada, tendería a ser más alto. Tengamos presente que se dice que en nuestro país, antiguamente, la enseñanza era más completa o profunda. Los invito a abrir un libro actual, por ejemplo, de literatura para cuarto o quinto año del bachillerato y, en comparación, a que se haga lo mismo con los antiguos manuales de la editorial Estrada, preparados para esa misma asignatura. Es probable que estos últimos fueran dirigidos a otros alumnos, con otro compromiso escolar, y también a otros docentes y a otra concepción política de la escuela. El contenido del manual de la década del ochenta por cierto que es altamente superior, al menos a los ojos de quien escribe este artículo. También pueden probar con los libros de matemática, de geografía. Ustedes propongan.

Marzo dejará de ser el mes del no-libro en gran parte cuando sus principales actores tengan una relación de aprecio durante todo el año hacia el libro y lo que él simboliza para nuestra cultura, desde los albores de nuestra civilización hasta nuestros días.

Héctor Alvarez Castillo

martes, 23 de febrero de 2010

Extravagancias de un bestiario


Extravagancias de un bestiario

Sé que los unicornios no existen. Ninguna persona sensata discutiría sobre esto; pero en este punto no se acaba el tema. No es el escorzo que sobre esta materia me importe tratar en el último apartado, porque no nos hemos reunido para oír más de lo mismo. Los escolares en el nivel básico gozan de conocimientos mayores y no andan dando discursos por ahí ni por allá. Las amas de casa sospechan lo mismo.

Lo que a nosotros nos interesa de una manera entrañable –íntima diría el poeta– no es la cuestión zoológica de la existencia de los unicornios o su privación, sino el color y el pelaje de los animales que aparecen, fortuitamente, por las grandes praderas con absoluta libertad. Animales que diariamente contemplamos corretear por el valle de los elefantes hasta los límites escabrosos donde nace el país de los sorgos.
En ese lugar disfrutan de su albedrío con tal regocijo que nadie en sus cabales dudaría por un instante de que en verdad están ahí y no son meras apariencias diurnas.

En la sección sobre el color y el sexo se agrega que son dos asuntos que van en yunta. Uno incide sobre el otro desde la indiferencia tanto como desde la intencionalidad.
Y en materia de especulación, la sexualidad de estas bestias fabulosas –en concordancia con las creencias acerca de los ángeles– se expresa que son sustancias puramente inmateriales (recordemos en esto la teofanía erígena). Presenciamos la proyección de cuerpos espirituales simples que en otro orden no debieran tener contornos sensibles ni figuras. Esos seres –como los ángeles de los que nos habla el irlandés– participan en Dios según su mismo ser. Algo semejante ha indicado Tomás.

Las discusiones sobre el sexo de los ángeles como sobre el pelaje y demás cualidades de los unicornios, son en verdad tan fascinantes como bizantinas, desde el triste avance de la ciencia empírica y la negativa –o imposibilidad– que tenemos de hacernos con ejemplares de estos dos grandes grupos para su concienzudo estudio.
Debemos resignarnos a las creaciones de nuestra fantasía e imaginación. Algo semejante les sucede a los musulmanes con las vírgenes que habitan el paraíso –según delata el Corán– llamadas hurís y nacidas de azafrán, almizcle, ámbar y alcanfor. Estas diáfanas doncellas se entregan a los creyentes una vez que se despiden de esta vida terrenal. Ellos gozarán de estas perpetuas vírgenes tantas veces como hayan ayunado en el mes de Ramadán y de acuerdo a las buenas acciones que hayan cometido.
Las hurís –para mayor deleite de los sentidos– llegan a los elegidos por intermedio de un ángel que les alcanza una naranja o una pera, sobre una bandeja de plata. El agraciado musulmán abre el fruto y de él sale la hurí destinada.

Villa Maipú, febrero de 2001 / Sáenz Peña, febrero de 2010
Del libro: "Naif. Del Juego a la Literatura"

jueves, 11 de febrero de 2010

Paseo con tortuga




Paseo con tortuga

Supongamos que hace años usted posee una tortuga de agua y que, debido al paso del tiempo, ésta ha crecido hasta el tamaño de la mano –el de la mano abierta, no el del puño cerrado– y hoy decide llevarla a un paseo por la ciudad, como es habitual que se haga con otras mascotas.

La saca de la celda vidriada donde taciturna presencia irse la vida –reconozca que no sólo la de ella, sino la de todos los miembros de la familia; desde la de su suegra hasta la de Melquíades, el gato molesto que a cada descuido aprovecha para darle un zarpazo al agua– y así, empapada, rociada de algas, se la mete de un impulso en el bolsillo del saco azul cielo, que sólo ante eventos especiales extrae del placard.

Y ahora, con la tortuga extraviada en su ropa, humedeciendo el forro interior del lado izquierdo y la camisa Yves Saint Laurent que le obsequió la tía Marga, sale a la calle, arreglando el nudo de la corbata en un ademán de dandy, sin que ningún gesto trasmita esa realidad de patas breves y robustas que se agita cada tanto en el interior, emitiendo señales de que ella está ahí, de que existe a semejanza de los otros.

Descenderá del ascensor e irá derecho hacia la estación del subte. Viajará de Medrano hasta el Obelisco, sonriente, sentado entre dos mujeres que no sospechan siquiera el por qué de su mirada. Luego hará el camino hasta dar con el sitio que busca. Se sentará en la fuente que está a metros de la tipa y el ceibo, y la extraerá con cuidado y afecto del bolsillo que ya es un breve lago.

La alza en una mano y la mira. Es la tortuga de siempre, pero distinta. Ella también lo observa. Ha ido sacando con atención la cabeza y el largo cuello a franjas horizontales. Ahora aparece el detalle rojo que a usted siempre le gustó. La deja en el borde de la fuente y con el dedo índice apoyado sobre la zona trasera del caparazón, la va empujando para darle confianza, hasta que ella misma entra a corretear por esa superficie inmensa que se le abre a los ojos.
Surtidores gigantescos de agua vierten litros sobre la pileta que Dorotea se ha detenido a contemplar. Un detalle en la extensión de mármol rompe la continuidad. Se la ve alegre. Vuelve a la carrera indiferente a los sonidos de las voces y del tráfico de esta tarde de sol. Los bocinazos y el griterío no le llegan; no alcanzan su satisfacción por esta aventura. Y se zambulle en este estanque que es un río, un mar, un monstruo de agua fresca que se le brinda.

La sigo con la mirada. Soy con ella otra tortuga amiga y feliz que disfruta la salida. Al anochecer regresaremos a nuestra morada. Laura y los chicos preguntarán dónde fuimos, qué hemos hecho juntos, ¡cómo me llevé a la tortuga! Pero Dorotea y yo sabremos que no necesitamos de palabras.
Aún quedan horas para que nademos juntos por el estanque. Ya sin camisa mi cuerpo se vuelve verde claro y oscuro, líneas de planta recorren mi existencia; un trazado arcaico es el dibujo secreto de mi espalda, que me protege de los rayos y el mundo. Dorotea va a mi lado, traviesa y alegre compañera.

Buenos Aires, La casona del teatro, febrero de 2010

domingo, 31 de enero de 2010

Topología celeste



Los Teólogos equivocaron la ubicación del cielo, del purgatorio y del infierno. Error difundido por superstición, prejuicio o costumbre, que la Fe jamás se atrevió a corregir. Esta histórica y humana tergiversación del Credo expresa que el purgatorio se halla entre el cielo y el infierno, y que es el sitio al cual se retiran las almas para sanarse, no por castigo, acción que sí acaece en el lugar que en nuestra lengua lleva nombre similar al de enfermo y que Dios, con delicadeza, creó para ese fin. No siendo la ubicación del purgatorio la que hasta hoy se consideraba como auténtica, se percibe que, en realidad, a las puertas del cielo está el infierno y que, entonces, sólo y tan sólo debajo de él —por designar alguna determinación física accesible al entendimiento humano— se encuentra el purgatorio. Los que no logran permanecer en el cielo caen abruptamente al infierno, arrastrando con ellos piedras y otras molestias, que no son más que obstáculos, memoria y tormento para esos desgraciados. Ellos saben que desde cualquier punto de las galerías del infierno se contempla el infinito cielo, y esto los abisma hasta el horror, horror que ni la Santa Inquisición fue capaz de atisbar. Del purgatorio, algunos místicos han divulgado —tal vez presos de conducta herética— que por él no se va hacia ninguna parte; pero merced a la ciencia y con una mano puesta sobre el corazón, debo confesar que es casi seguro que esto no sea motivo que interese ni a los del cielo, ni a los ímprobos del infierno.



Palermo, septiembre de 1994
Héctor Alvarez Castillo
Del libro de cuentos "Metamorfosis"
Alvarez Castillo Editor, Buenos Aires, 2005 

lunes, 18 de enero de 2010

La sombra del cuervo


La sombra del Cuervo

"Je pisse vers les cieux bruns, tres haut et tres loin,
Avec l'assentiment des grands heliotropes."


Oraison du soir
Jean Arthur Rimbaud



A todo podemos escapar, menos a nuestros sueños. Cerramos los ojos y estamos ante ellos. Nos contemplan sin temor y sin respeto. nos miran como señores que penetran en grandes mansiones, llevando el mundo a los pies del deseo.

Sé que cuando deje estas cosas vendrá tu rostro, con el volverán tu sonrisa, tus largos cabellos. Sin el alivio del día, insistentes pesadillas te perderán otra madrugada, pero regresará la noche y estaré en lo más profundo de mí, mientras la tierra duerme. Vendrá tu rostro y vendrá la vida. El amor comienza una vez más y una vez más acaba.

En la adolescencia llegué al francés por un poema de Prevert. Hoy pienso en ti y pienso en ese poema: "Et moi j'ai pris/ Ma tete dans ma main/ Et j'ai pleure" Recorren mi mente cada palabra que he amado, cada frase que he compartido. Aquéllas que tus labios esperaban riendo y traían vergüenza a mi candor de enamorado. "Sin ese rostro tuyo, ¿qué puede ser un día?" Reescribiría esas palabras que amo y dejan mi alma como la de un loco.

Recuerdo cómo debe ser la vida y también cómo ha sido. El abanico del mundo, el mundo de los hombres del que tanto he renegado. Aún no ha cesado mi voz de leer ese poema. Me oyes. Leo y no te alejas. Te has dormido y el día no llega a despertarnos. No quiero la luz sobre nuestras cabezas. Quiero tu sangre en mi sangre y después si dormir por siempre. Sin ese rostro tuyo, ¿qué puede ser un día? Para qué nombrarte si eres en mí eres y otra voz no te toca.

A los besos, tan sólo los besos serán su recuerdo. El fulgor del alba en la luna, la tristeza y mis poemas, todo, aun cuando no lo comprendas, todo te pertenece.

Quién puede decir que no estemos juntos, una cosa es el amor, otra la vida.

Buenos Aires, junio de 1993
Héctor Alvarez Castillo

miércoles, 13 de enero de 2010

El día de la escritura


El día de la escritura
a H. L.



No era común que habláramos de lo que estaba escribiendo. Sé que cuando concluyó esa novela inmensa –para mí de una importancia mayor en nuestra literatura– por años sólo se dedicó a sus clases y a notas menores, que aparecían en algún suplemento como señal de que seguía entre nosotros. Pero hace tiempo que trabajaba en ese capítulo inicial. Iba a ser un texto breve. No más de cien páginas en contraste a aquella obra descomunal. Hasta mencionó probables editoriales. Pero durante meses no avanzaba. Estaba detenido en la imagen cuando el protagonista es secuestrado por un grupo de tareas y es interrogado y golpeado y queda tirado en el piso, apenas consciente.
Leí esas líneas en un adelanto para una revista de la facultad. Mientras que él dejaba que pasase el tiempo para que solo, por sí mismo, llegara el día de la escritura de ese nuevo texto. Quizá así también hayan sido los últimos meses. Los escritores saben que el tiempo es limitado. Que no hay margen. Lo perciben como un cerco cotidiano. Viven ese apremio. Pero el tiempo sucede. No hay voluntad que lo detenga.

Una noche, que ya era madrugada, íbamos caminando y comentó con ligereza: "¡Cuánto podríamos haber escrito sin estas salidas!" Fue hace diez años. Estaba la avenida abierta ante nosotros, con luces de los bares y el obelisco allá en lo alto, y sonrió, sonrío como lo hacía constantemente. Enigmático y complaciente. Y fui cómplice de esa frase y de esa sonrisa. Nos despedimos pocas cuadras adelante.

Que sepa, la novela no se concluyó. Otros días habrá regresado a esas páginas, pero la indefinida vastedad de la tarea artística –ese lidiar con la propia obra– tiene la particularidad de que en ocasiones nos alienta y en otras nos hace a un lado.


Villa Urquiza, julio de 2008

jueves, 7 de enero de 2010

El dolor


X
El dolor


El dolor sigue, el dolor está dentro de uno
Por más que el bufón lo niegue, por más que diga
Que nos hemos privado de algo
Para que el dolor reine, por más que diga,
El dolor está dentro de uno.

En las últimas horas las cosas son más claras,
Hemos retirado los espejos y vemos más allá
/de nuestros labios.
En esta tarde y en esta noche que llega,
Cada cosa está despidiéndose,
Y lo mejor que puede sucedernos
Es no volver a saber nada acerca de lo ausente.
Pero hay veces en que las ideas vuelven
Y con las ideas se agita la carne,
Y no hay como detenerla, se va de uno
Lejos y errante.

Muchas palabras están escritas en este silencio
Y allá lejos esa torre no cesa de observarnos,
De todas partes llegan voces que entierran la nuestra.
Son voces venidas desde el foso, son gritos
Surgidos para espantarnos,
Pero nosotros no hacemos nada importante,
Nuestro cuerpo lleva nuestro cadáver
Y sólo esperamos la muerte
Mientras nada de valor sucede.

Pero queda un camino, del otro lado del foso,
Quizás más allá del faro, cerca pero lejos,
Un camino que no hemos recorrido ni ha hollado el bufón.
Entregaremos el conocimiento a nuestros hijos
Para que ellos lo continúen, porque aún cuando nadie
Descanse desnudo a nuestro lado
Y no reste un alma ni un cuerpo para poseer,
Y cada afecto perdido nos haya traído
Más vejez sobre la carne,
Cerraremos los ojos, veremos en tinieblas
Ese camino y un dolor muy fuerte nos quebrará el pecho.

Del poemario: El faro de la tempestad

sábado, 2 de enero de 2010

Amatista (1981-1985), tres poemas


Hojas caídas

Como si hubiera sido otoño,
Veo las hojas caídas
Que ya no se alzarán.

1983

La esperanza y la noche

Ya nada queda de nosotros
En nosotros,
La noche trajo la esperanza
Y con la esperanza se fue la noche.

1982

Los besos

Tu voz será tu cuerpo,
Tu esperanza, las estrellas,

Y de cada nombre y cada lluvia rota,
Y labios partidos y flores que nadie deshoja,

Quedará más de la historia que en la misma historia,
Quedará más del cielo en los pájaros que en el vuelo,
Quedará más de los hombres que en el silencio y el miedo.

Y al miedo lo incendiará al fuego,
Y al silencio se lo llevará el viento

Y a los besos, tan sólo los besos
Serán su recuerdo.

1982

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Fin de Año


Fin de año



Mi deseo en esas horas era que cesara la división del tiempo en meses, en semanas o años. Deseaba acercarme a las cosas desde otro ritmo. Que la música ritmo fuese una cadencia que ni se agotara ni se diluyera debido a marcas externas a esa armonía; que se extendiera desde mí hacia el mundo en su plenitud. No el mundo en su parcialidad asfixiante. La vida, la existencia, se debía presentar íntegra, no fraccionada en zonas más claras u oscuras, según les diese la luz del sol o el esplendor de la luna.

Un solo y largo día, sin sucesivas noches y amaneceres. Alejado de la contemplación y el imperio de los almanaques que en ocasiones me llevaba, como al resto de los seres, al cese de ciertos actos por caprichoso arbitrio y en otras me impelía a decisiones que percibía ajenas, sin que yo gozara de la suficiente lucidez para tomarlas o hacerlas a un lado.

Se acababa ese rito del año nuevo o del año concluido. De alguna manera, esta visión de la existencia me sosegaba, me hacía percibir a mí mismo como a un ser de una naturaleza mayor. Alguien que de aquí a la muerte no debía continuar dando explicaciones, que sus actos, en esencia, eran auténticos y trascendentes, como antes jamás podrían haberlo sido.

No sé si mi deseo de esas horas se hizo realidad. Sé que mi deseo existe y recorre las páginas de más de un relato y que se afinca como peregrino en un abanico de hábitos y promesas, y es parte de nuestras aspiraciones y designios.


Sáenz Peña, diciembre de 2002