sábado, 12 de febrero de 2011

Sarmiento - El rebelde, el revolucionario


Domingo Faustino Sarmiento
(1811 - 1888)

Felipe Pigna


El 15 de febrero de 1811, nació en el Carrascal uno de los barrios más pobres de la ciudad de San Juan, Domingo Faustino Sarmiento. Los primeros "maestros" de Domingo fueron su padre José Clemente Sarmiento y su tío José Eufrasio Quiroga Sarmiento, quienes le enseñaron a leer a los cuatro años. En 1816, ingresó a una de las llamadas "Escuelas de la Patria", fundadas por los gobiernos de la Revolución, donde tuvo como educadores a los hermanos Ignacio y José Rodríguez, éstos sí maestros profesionales.

Cuando terminó la primaria, su madre, Doña Paula Albarracín, quiso que estudiara para sacerdote en Córdoba, pero Domingo se negó y tramitó una beca para estudiar en Buenos Aires. No la consiguió y tuvo que quedarse en San Juan donde fue testigo de las guerras civiles que asolaban la provincia. Marchó al exilio en San Francisco del Monte, San Luis, junto a su tío, José de Oro. Allí fundaron una escuela que será el primer contacto de Sarmiento con la educación.

Poco después, regresó a San Juan y comenzó a trabajar en la tienda de su tía. "La Historia de Grecia la estudié de memoria, y la de Roma enseguida…; y esto mientras vendía yerba y azúcar, y ponía mala cara a los que me venían a sacar de aquel mundo que yo había descubierto para vivir en él. Por las mañanas, después de barrida la tienda, yo estaba leyendo, y una señora pasaba para la Iglesia y volvía de ella, y sus ojos tropezaban siempre, día a día, mes a mes, con este niño inmóvil insensible a toda perturbación, sus ojos fijos sobre un libro, por lo que, meneando la cabeza, decía en su casa: ‘¡Este mocito no debe ser bueno! ¡Si fueran buenos los libros no los leería con tanto ahínco!’"

En 1827, se produjo un hecho que marcará su vida: la invasión a San Juan de los montoneros de Facundo Quiroga.

Decidió oponerse a Quiroga incorporándose al ejército unitario del General Paz. Con el grado de teniente, participó en varias batallas. Pero Facundo parecía por entonces imparable: tomó San Juan y Sarmiento decidió, en 1831, exiliarse en Chile. Se empleó como maestro en una escuela de la localidad de Los Andes. Sus ideas innovadoras provocaron la preocupación del gobernador. Molesto, se mudó a Pocura y fundó su propia escuela. Allí se enamoró de una alumna con quien tendrá su primera hija, Ana Faustina.

En 1836, pudo regresar a San Juan y fundar su primer periódico, El Zonda. Pero al gobierno sanjuanino no le cayeron nada bien las críticas de Sarmiento y decidió, como una forma de censurarlo, aplicarle al diario un impuesto exorbitante que nadie podía pagar y que provocó el cierre de la publicación en 1840. Volvió a Chile y comenzó a tener éxito como periodista y como consejero educativo de los sucesivos gobiernos.

"¿Que es pues un periódico? Una mezquina hoja de papel, llena de retazos, obra sin capítulos, sin prólogo, atestada de bagatelas del momento. Se vende una casa. Se compra un criado. Se ha perdido un perro, y otras mil frioleras, que al día siguiente a nadie interesan. ¿Qué es un periódico? Examinadlo mejor. ¿Qué más contiene? Noticias de países desconocidos, lejanos, cuyos sucesos no pueden interesarnos. (...) Trozos de literatura, retazos de novelas. Decretos de gobierno. (...) Un periódico es el hombre. El ciudadano, la civilización, el cielo, la tierra, lo pasado, lo presente, los crímenes, las grandes acciones, la buena o la mala administración, las necesidades del individuo, la misión del gobierno, la historia contemporánea, la historia de todos los tiempos, el siglo presente, la humanidad en general, la medida de la civilización de un pueblo." D. F. Sarmiento, El Zonda Nº 4.

En Chile, Sarmiento pudo iniciar una etapa más tranquila en su vida. Se casó con Benita, viuda de Don Castro y Calvo, adoptó a su hijo Dominguito y publicó su obra más importante: Facundo, Civilización y Barbarie. Eligió el periodismo como trinchera para luchar contra Rosas. Fundó dos nuevos periódicos: La Tribuna y La Crónica, desde los que atacó duramente a Don Juan Manuel.

Entre 1845 y 1847, por encargo del gobierno chileno, visitó Uruguay, Brasil, Francia, España, Argelia, Italia, Alemania, Suiza, Inglaterra, EEUU, Canadá y Cuba. En cada uno de estos países, se interesó por el sistema educativo, el nivel de la enseñanza y las comunicaciones. Todas estas impresiones las volcó en su libro Viajes por Europa, África y América. A fines de 1845 conoció en Montevideo a Esteban Echeverría, uno de los fundadores de la generación del ’37 y como él, opositor a Rosas y exiliado. Estando en Francia, en 1846, tuvo un raro privilegio: conocer personalmente al general San Martín en su casa de Grand Bourg y mantener una larga entrevista con el libertador.

De regreso a Chile, incrementó su actividad periodística contra Rosas, lo que motivó que el gobernador de Buenos Aires solicitara dos veces la extradición de Sarmiento para juzgarlo por calumnias, cosa a la que el gobierno chileno se negó.

Sarmiento pensaba que el gran problema de la Argentina era el atraso que él sintetizaba con la frase "civilización y la barbarie". Como muchos pensadores de su época, entendía que la civilización se identificaba con la ciudad, con lo urbano, lo que estaba en contacto con lo europeo, o sea lo que para ellos era el progreso. La barbarie, por el contrario, era el campo, lo rural, el atraso, el indio y el gaucho. Este dilema, según él, solo podía resolverse por el triunfo de la "civilización" sobre la "barbarie". Decía: "Quisiéramos apartar de toda cuestión social americana a los salvajes por quienes sentimos sin poderlo remediar, una invencible repugnancia". En una carta le aconsejaba a Mitre: "no trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos esos salvajes". Lamentablemente el progreso no llegó para todos y muchos "salvajes y bárbaros" pagaron con su vida o su libertad el "delito" de haber nacido indios o de ser gauchos y no tener un empleo fijo.

La obra literaria de Sarmiento estuvo marcada por su actuación política desde que escribió en 1845: "¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo! (...) Facundo no ha muerto ¡Vive aún! ; está vivo en las tradiciones populares, en la política y las revoluciones argentinas; en Rosas, su heredero, su complemento. (...) Facundo, provinciano, bárbaro, valiente, audaz, fue reemplazado por Rosas, hijo de la culta Buenos Aires, sin serlo él, (...) tirano sin rival hoy en la tierra". Estos párrafos del Facundo nos muestran el estilo de Sarmiento. Facundo, a quien odia y admira a la vez, es la excusa para hablar del gaucho, del caudillo, del desierto interminable, en fin, de la Argentina de entonces, de todos los elementos que representan para él el atraso y con los que hay que terminar por las buenas o las malas.

Sarmiento desde Chile alternó su actividad periodística con la literaria y educativa. En su libro Viajes (1849) se reflejan mucho más que las impresiones de un viajero atento y observador; allí se ocupó de lo que lo maravilla de los países que visita y que quisiera ver en su tierra. Pone el acento en el progreso industrial, el avance de las comunicaciones y de la educación.

En su libro Argirópolis (1850) dedicado a Urquiza, expresó un proyecto para crear una confederación en la cuenca del Plata, compuesta por las actuales Argentina, Uruguay y Paraguay, cuya capital estaría en la Isla Martín García. El modelo de organización era la Constitución norteamericana y proponía fomentar la inmigración, la agricultura y la inversión de capitales extranjeros.

Mantuvo fuertes polémicas con políticos y escritores de su tiempo, como Juan Bautista Alberdi, con quien no coincidía en apoyar a Urquiza. Esta polémica se expresó a través de sus libros. Alberdi escribió Complicidad de la prensa en las guerras civiles de la República Argentina y Cartas Quillotanas y Sarmiento le respondió con Las ciento y una y Época preconstitucional y Comentarios a la Constitución de la Nación Argentina.

En 1862 el general Mitre asumió la presidencia y se propuso unificar al país. En estas circunstancias asumió Sarmiento la gobernación de San Juan. A poco de asumir dictó una Ley Orgánica de Educación Pública que imponía la enseñanza primaria obligatoria y creaba escuelas para los diferentes niveles de educación, entre ellas una con capacidad para mil alumnos, el Colegio Preparatorio, más tarde llamado Colegio Nacional de San Juan, y la Escuela de Señoritas, destinada a la formación de maestras

En sólo dos años Sarmiento cambió la fisonomía de su provincia. Abrió caminos, ensanchó calles, construyó nuevos edificios públicos, hospitales, fomentó la agricultura y apoyó la fundación de empresas mineras. Y como para no aburrirse, volvió a editar el diario El Zonda.

En 1863 se produjo en la zona el levantamiento del Chacho Peñaloza y Sarmiento decretó el estado de sitio y como coronel que era, asumió personalmente la guerra contra el caudillo riojano hasta derrotarlo. El ministro del interior de Mitre, Guillermo Rawson, criticó la actitud de Sarmiento de decretar el estado de sitio por considerar que era una decisión exclusiva del poder ejecutivo nacional. Sarmiento, según su estilo, renunció. Corría el año 1864.

A pedido del presidente Mitre, en 1864 viajó a los EE.UU. como ministro plenipotenciario de la Argentina. De paso por Perú, donde se hallaba reunido el Congreso Americano, condenó el ataque español contra Perú, a pesar de las advertencias de Mitre para que no lo hiciera.

Sarmiento llegó a Nueva York en mayo de 1865. Acababa de asumir la presidencia Andrew Johnson en reemplazo de Abraham Lincoln, asesinado por un fanático racista. Sarmiento quedó muy impresionado y escribió Vida de Lincoln. Frecuentó los círculos académicos norteamericanos y fue distinguido con los doctorados "Honoris Causa" de las Universidades de Michigan y Brown.

Mientras Sarmiento seguía en los Estados Unidos, se aproximaban las elecciones y un grupo de políticos los postuló para la candidatura presidencial. Los comicios se realizaron en abril de 1868 y el 16 de agosto, mientras estaba de viaje hacia Buenos Aires, el Congreso lo consagró presidente de los argentinos. Asumió el 12 de octubre de ese año.

Cuando Sarmiento asumió la presidencia todavía se combatía en el Paraguay. La guerra iba a llevarse la vida de su querido hijo Dominguito. Sarmiento ya no volvería a ser el mismo. Un profundo dolor lo acompañaría hasta su muerte.

Durante su presidencia siguió impulsando la educación fundando en todo el país unas 800 escuelas y los institutos militares: Liceo Naval y Colegio Militar.

Sarmiento había aprendido en los EE.UU. la importancia de las comunicaciones en un país extenso como el nuestro. Durante su gobierno se tendieron 5.000 kilómetros de cables telegráficos y en 1874, poco antes de dejar la presidencia pudo inaugurar la primera línea telegráfica con Europa. Modernizó el correo y se preocupó particularmente por la extensión de las líneas férreas. Pensaba que, como en los EE.UU., el tren debía ser el principal impulsor del mercado interno, uniendo a las distintas regiones entre sí y fomentando el comercio nacional. Pero éstos no eran los planes de las compañías británicas inglesas, cuyo único interés era traer los productos del interior al puerto de Buenos Aires para poder exportarlos a Londres. En lugar de un modelo ferroviario en forma de telaraña, o sea interconectado, se construyó uno en forma de abanico, sin conexiones entre las regiones y dirigido al puerto. Este es un claro ejemplo de las limitaciones que tenían los gobernantes argentinos frente a las imposiciones del capital inglés. La red ferroviaria paso de 573 kilómetros a 1331 al final de su presidencia.

En 1869 se concretó el primer censo nacional. Los argentinos eran por entonces 1.836.490, de los cuales el 31% habitaba en la provincia de Buenos Aires y el 71% era analfabeto. Según el censo, el 5% eran indígenas y el 8% europeos. El 75% de las familias vivía en la pobreza, en ranchos de barro y paja. Los profesionales sólo representaban el 1% de la población. La población era escasa, estaba mal educada y, como la riqueza, estaba mal distribuida. Sarmiento fomentó la llegada al país de inmigrantes ingleses y de la Europa del Norte y desalentó la de los de la Europa del Sur. Pensaba que la llegada de sajones fomentaría en el país el desarrollo industrial y la cultura. En realidad los sajones preferían emigrar hacia los EE.UU. donde había puestos de trabajo en las industrias. La argentina de entonces era un país rural que sólo podía convocar, lógicamente a campesinos sin tierras. Y, para tristeza de Sarmiento, la mayoría de los inmigrantes, muchos de nuestros abuelos, serán campesinos italianos, españoles, rusos y franceses.

Entre las múltiples obras de Sarmiento hay que mencionar la organización de la contaduría nacional y el Boletín Oficial que permitieron a la población en general, conocer las cuentas oficiales y los actos de gobierno. Creó el primer servicio de tranvías a caballo, diseñó los Jardines Zoológico y Botánico. Al terminar su presidencia 100.000 niños cursaban la escuela primaria.

Al finalizar su mandato apoyo la candidatura del tucumano Nicolás Avellaneda.

El 22 de agosto de 1873 Sarmiento sufrió un atentado mientras se dirigía hacía la casa de Vélez Sarsfield. Cuando transitaba por la actual esquina de Corrientes y Maipú, una explosión sacudió al coche en el que viajaba. El sanjuanino no lo escuchó porque ya padecía una profunda sordera. Los autores fueron dos anarquistas italianos, los hermanos Francisco y Pedro Guerri que confesaron haber sido contratados por hombres de López Jordán. El atentado falló porque a Francisco Guerri se le reventó el trabuco en la mano. Sarmiento salió ileso del atentado y se enteró porque se lo contaron después.

Al finalizar su mandato en 1874, Sarmiento se retiró de la presidencia pero no de la política. En 1875 asumió el cargo de Director General de Escuelas de la Provincia de Buenos Aires y continuó ejerciendo el periodismo desde La Tribuna. Poco después fue electo senador por San Juan.

En esa época vivía con su hermana, su hija y sus nietos en la calle Cuyo, actual Sarmiento 1251.

En 1879 asumió como ministro del Interior de Avellaneda, pero por diferencias políticas con el gobernador de Buenos Aires, Carlos Tejedor, renunció al mes de haber asumido.

Durante la presidencia de Roca ejerció el cargo de Superintendente General de Escuelas del Consejo Nacional de Educación. En la época en que Sarmiento fomentaba la educación popular, el índice de analfabetos era altísimo. En el campo había muy pocas escuelas porque la mayoría de los estancieros no tenían ningún interés en que los peones y sus hijos dejaran de ser ignorantes. Cuanto menos educación tuvieran más fácil sería explotarlos.

Pero Sarmiento trataba de hacerles entender que una educación dirigida según las ideas y los valores de los sectores dominantes, lejos de poner en peligro sus intereses, los reproducía y confirmaba. "Para tener paz en la República Argentina, para que los montoneros no se levanten, para que no haya vagos, es necesario educar al pueblo en la verdadera democracia, enseñarles a todos lo mismo, para que todos sean iguales... para eso necesitamos hacer de toda la república una escuela."

De todas formas le costó muchísimo convencer a los poderosos de que les convenía la educación popular y recién en 1882, logró la sanción de su viejo proyecto de ley de educación gratuita, laica y obligatoria, que llevará el número 1420.

Una de sus últimas actuaciones públicas data de 1885. El presidente Roca prohibió a los militares emitir opiniones políticas. Sarmiento, que no podía estar sin expresar su pensamiento, decidió pedir la baja del ejército, y opinar libremente a través de las páginas de su diario El Censor.

En el invierno de 1888 se trasladó al clima cálido del Paraguay junto a Aurelia Vélez, la hija de Dalmacio Vélez Sarsfiled, autor del Código Civil. Aurelia fue la compañera de Sarmiento durante los últimos años de su vida. Murió el 11 de septiembre de ese año, en Paraguay, como su hijo Dominguito.

Pocos años antes había dejado escrito una especie de testamento político: "Nacido en la pobreza, criado en la lucha por la existencia, más que mía de mi patria, endurecido a todas las fatigas, acometiendo todo lo que creí bueno, y coronada la perseverancia con el éxito, he recorrido todo lo que hay de civilizado en la tierra y toda la escala de los honores humanos, en la modesta proporción de mi país y de mi tiempo; he sido favorecido con la estimación de muchos de los grandes hombres de la Tierra; he escrito algo bueno entre mucho indiferente; y sin fortuna que nunca codicié, porque ere bagaje pesado para la incesante pugna, espero una buena muerte corporal, pues la que me vendrá en política es la que yo esperé y no deseé mejor que dejar por herencia millones en mejores condiciones intelectuales, tranquilizado nuestro país, aseguradas las instituciones y surcado de vías férreas el territorio, como cubierto de vapores los ríos, para que todos participen del festín de la vida, de que yo gocé sólo a hurtadillas".

domingo, 23 de enero de 2011

Ausencia


Ausencia

Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.

Jorge Luis Borges,
De "Fervor de Buenos Aires", 1923

jueves, 20 de enero de 2011

Aprendiz de librero


Aprendiz de librero


Se le había extraviado la bolsa verde con ese raro ejemplar del Quijote, el que tenía guardas doradas en el lomo y en la tapa una ilustración que parecía ser de Doré. Confiaba en que lo había dejado sobre el escritorio. Al menos, la última vez en que lo vio estaba apoyado ahí. Ahí donde lo dejó la anciana dentro de la bolsa. Donde debía estar y no estaba. Nada verde y ningún ejemplar encuadernado del Quijote ni de obra semejante dejaban verse.

Era su primera semana como aprendiz. Intuyó que ahora empezaba el verdadero conocimiento. No sólo era imprescindible saber de autores, de obras clásicas y de movimientos literarios. No alcanzaba haber leído noches enteras bajo la tenue luz de una lámpara. El negocio, al fin de cuentas, era un negocio y la erudición y el amor profesados no alcanzaban, por sí mismos, para satisfacer las urgencias del oficio.

Buscó una nueva vez. Con el mismo ahínco. Era la cuarta ocasión en que repetía todos los movimientos de la tarde anterior, en que recorría de un extremo al otro el salón y los estantes, el breve depósito, la pila de volúmenes sin marcar. La cuarta vez y sin la menor suerte. La bolsa verde y el ejemplar de la obra magna de Cervantes –ese Quijote ya único, que con los avatares adquiría un prestigio quizá inmerecido– se habían esfumado. Eran parte de una fuga. No sabía cómo explicarlo. ¿Alguien los habría hurtado? ¿Y si la misma anciana que lo trajo para la venta, una vez cobrados los pocos pesos que él le ofreció –en un gesto de dignidad y de arrepentimiento– decidió quedarse con el libro y el dinero, y se lo llevó con la bolsa que lo traía? ¿O si el chico que le preguntó la hora, ése que sonreía como tonto, se aprovechó de su confianza, o la joven de flequillo agradable, ésa que le compró Rosaura a la diez y se fue tan contenta? ¿Quién de todos ellos y cuándo, en qué descuido? ¿Y cuál era la causa? ¿Era que él se distraía, que las historias que habitaban cada título penetraban avasallantes esa realidad más esquiva por material e innominada?

Sintió que el piso no le respondía, que la cabeza, lentamente –pero cada vez con mayor convicción– le daba vueltas. Se sentó en el sillón que hace tres días le deparaba el destino y apoyó los codos en la madera del escritorio colmado de papeles, con desperdigados volúmenes de Turgueniev, Tolstoi y Schopenhauer, con el busto de Shakespeare en bronce que lo intimidaba desde un ángulo; emblema de un ejército de lapiceras, hojas y manuscritos que clamaban su atención. Separó los lentes a un costado y permaneció en silencio, quieto, ensimismado. Luego se recostó sobre el respaldo y estiró las piernas. No había caso, la bolsa no estaba en ninguna parte y media historia de la literatura lo contemplaba arbitraria desde esos tomos apretados, a veces opacos, otras coloridos, sin más complicidad que la indiferencia. Estaba solo. No había duda. Solo. Y la bolsa verde y el Quijote de lomo dorado, con ese Doré grabado en la tapa, ausentes sin retorno.

¿Qué hora era? Aún debía de ser temprano. El día apenas comenzaba y no se decidía a nada. ¡Dio un salto! Una voz lo sustrajo de sus meditaciones. Abrió los ojos y ante él se hallaba una joven de veinte años que apenas respiraba mientras una interminable lista de poetas era convocada por su boca.

–¿Busca algo?– Atinó a murmurar.

–¡Sí, sí, de lo que le hablaba, de lo que estaba hablando! ¡Poesía! ¿Dónde hay poesía?

¡Poesía! ¡Ahora, a él! ¡Sin la bolsa verde y sin el Quijote! A él que estaba culminando su primera novela, a él que desde Bécquer en sus años escolares se había prometido no desperdiciar más tiempo en esa cenicienta pasada de moda.

–¡Oiga, qué tiene para mostrarme! –Silencio.– ¡Por qué me mira de ese modo! –Y comenzó a reírse. Era linda, de una belleza capaz de perturbarlo aún más en esa mañana.

–Sólo dígame donde están esos libros –sonrío– y yo haré el resto.

–Ahí, ahí. Ahí está la poesía, ahí están el estante de poesía, los dos estantes; ahí están los libros. –Señaló con descuido hacia un sector de la biblioteca de madera oscura que estaba cerca de ella.

La joven lo volvió a mirar y sin dejar de reírse fue hacia donde él le había indicado. Entonces se alzó como si despertara de una larga somnolencia. Nuevamente estaba en la librería, nuevamente era el aprendiz de librero atendiendo a una probable compradora. La bolsa verde, el Quijote o lo que sea, en algún sitio deberían hallarse. Pero era tiempo de apartarse de esas preocupaciones. Ya está. Más no podía hacer. Que otro se ocupara de esas cuestiones. Él, cuando finalizara la jornada de trabajo, retornaría a la corrección del sexto capítulo de la novela, justo donde lo había abandonado ayer. Las horas, incesantes, transcurrirían con cierto tedio, pero en ocasiones había motivo para la alegría y hasta para la diversión. De lo que no debía olvidarse era que el negocio era el negocio. Una librería no era esparcimiento. Lo había aprendido.

–¡Éste no tiene precio!

–Ocho, ocho pesos…

–¡Uhm! ¿Seguro?– Y también él tuvo que sonreír.


Villa Urquiza, julio de 2008

martes, 11 de enero de 2011

Escribir el Paraíso: María Elena Walsh


Escribir el Paraíso
María Elena Walsh (1930-2011)


En la lírica, las voces masculinas y femeninas, a partir de la distinción que llega con la pubertad, adquieren el color que les asignará su registro. Previo a aquella etapa de cambios y ante la ausencia de lo determinado, nos referimos a voces blancas. La poetisa que a los diecisiete años editó Otoño Imperdonable, en nuestras letras es la voz blanca perenne que desafía en esa privación de cierre los registros fijos de un sector de la vida artística. Es la poetisa que entre los dieciocho y los diecinueve cumplió con el sueño de compartir esos años junto al poeta venerado: Juan Ramón Jiménez (1881-1958).
Al dejar nuestra ciudad en su visita de 1948, Jiménez invitó a María Elena a pasar una temporada en su casa de Maryland, EE.UU. La gentileza fue extendida a otros dos poetas jóvenes, pero sólo ella era quien no iba a dudar en llegar a destino.
La convivencia de esos días al lado del autor de Platero y yo no fue fácil y tampoco fue la esperada. Juan Ramón Jiménez, más allá de la imagen de serenidad que observamos en sus retratos, tenía el temperamento de un poeta. Ese contacto iba a ser recreado en Postal detenida, un poema de Hecho a mano (1965), conjunto que basta para justificar la obra de un escritor.

POSTAL DETENIDA

Voy a contarte todo
Espera que recuerde

Había nieve y Juan Ramón callaba.
Había Juan Ramón, callaba nieve.

Yo no podía más
de adolescente.

Supongo que el crespúsculo invadía
su barba y sillas locas de papeles.

No, no hay fotografías
donde me encuentres

Zenobia era de risa y sombrerito.
Pura eficacia, método celeste.

Hace ya tanto tiempo,
en 1949.

El decía sonidos oxidados
desde un aljibe, trabajosamente.

Riverdale de madera
de juguete.

Ella monologaba con cristales.
Él atendía túneles ausentes.

Yo no supe
qué hacer, dónde ponerme.

Llegué una noche y Juan Ramón estaba
mirándose por dentro, como siempre...

Es inútil.
Me duele.

Uno de los textos ensayísticos en los que sí se puede aprender acerca de autores y de libros es el volumen Curso de literatura europea de Vladimir Nabokov. En la Introducción que escribe John Updike aparece un comentario sugerente, en boca de la que años después sería su mujer, sobre la cuestión de lo que se puede trasmitir en esta disciplina: "Yo sentía que podía enseñarme a leer. Estaba convencida que podía darme algo que me duraría toda la vida... y me lo dio." Updike sintetiza la labor en la docencia por parte de Nabokov, hasta convertirse en celebridad merced a Lolita, en una frase que pule el juicio anterior: "Nabokov fue un gran profesor, no porque enseñara la materia bien, sino porque daba ejemplo e inculcaba en sus estudiantes una actitud profunda y afectuosa hacia ella."

Existe una fotografía del primer encuentro de María Elena Walsh con Juan Ramón Jiménez, es del día del desembarco de éste en Buenos Aires, 1948: la adolescente que meses después compartirá vivienda con el poeta y que aún no sabe siquiera presentirlo, mira encantada a ese hombre que es el centro de todos. En esa mirada hay amor y admiración y lo que al final de esa gira se presentó como una acceso superior a lo que ella debió haber imaginado, prendió en su memoria la calidez de aquello sobre lo cual no podemos hablar, la experiencia entrañable que trasmiten los versos finales de Postal detenida: "Es inútil./ Me duele." Un gran escritor, la maestría, enseñan desde el gesto espontáneo más que desde la información planificada que los profesores y eruditos -sin despertar del sueño de fichas y libros subrayados- exhiben a sus alumnos para su hastío y consuelo. Pound con acierto sentenció que: "Unas horas de antiguos poemas líricos cantados nos enseñan más que un año de trabajo filológico acerca de esta forma de melopeia".
Sostengo que una charla con un buen escritor, con aquél que ama las palabras y trabaja en ellas como un orfebre, nos trasmiten una vivencia única de la literatura que jamás podremos obtener en ninguna clase magistral a la que asistamos. Esa es la dicha que tuvo María Elena, a nosotros nos queda la conversación extendida a los textos. Quevedo en los malos días escribió:

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.
Y ahora leemos a Quevedo.

Sobre ella es fácil hablar. Su arte transita diversos caminos siempre con un toque mágico y personal que se identifica con aquel rostro de adolescente melancólica, ése que no extravió en sus travesuras de grande. Supo hacer de lo popular algo digno con sólo virar el folklore hacia su origen, no siendo de los que usan el arte autóctono en un proceso de desfiguración como a un animal de circo o a una fiera del zoológico. La poesía escrita continúa siendo parte de sus trabajos, no es la poesía que presagiaban las críticas de la década del 40, sino una muestra fresca de como María Elena Walsh eligió ser escritora, esa voz blanca de la que hablábamos al inicio. Y la infancia, aquel ámbito al que los mayores se aproximan con temor de rajar cristales o de espantar las crias, es el mundo donde ella suele pasearse segura. De esa parte sagrada de su obra hemos elegido algo breve, algo que conocemos todos, un poema canción que nuestros hijos pueden tararear una y otra vez hasta que lo aprendamos o, en nuestro auxilio, dictárnoslo por teléfono cuando no sabemos donde hallarlo y sólo ellos tienen el libro.

LA REINA BATATA

Estaba la Reina Batata
sentada en un plato de plata
el cocinero la miró
y la reina se abatató

La reina temblaba de miedo,
y el cocinero con el dedo,
que no que sí, que sí que no...
de malhumor la amenazó.

Pensaba la Reina Batata:
"Ahora me pincha y me mata"
y el cocinero murmuró:
"Con ésta sí me quedo yo".

La reina vio por el rabillo
que estaba afilando el cuchillo.
Y tanto tanto se asustó
que rodó al suelo y se escondió.

Entonces llegó de la plaza
la nena menor de la casa.
Cuando buscaba su yoyó
en un rincón la descubrió.

La nena en un trono de lata
la puso a la Reina Batata
colita verde le brotó...
(a la Reina Batata, a la nena, no)
Y esta canción se terminó.

Héctor Alvarez Castillo
Del libro: "Escribir el Paraíso"

lunes, 3 de enero de 2011

Víbora del Desierto


Víbora del desierto



Vi el dibujo de una serpiente en la arena. Alerta, sólo exhibía la cabeza sobre ese desierto dorado que hervía en la hora más alta de su dios.
Su cuerpo se había mecido hasta enterrarse en un río que no es un río y que ahora era el laberinto que hace años nombró el poeta.
Las marcas, las líneas de su forma, eran el testimonio del cuerpo. Calentaba su organismo mientras se refugiaba de otros predadores que a semejanza de ella aprovecharían un descuido para hacerse de la presa.
No tenía otro destino que sobrevivir y trasmitirse de generación en generación. Extática parecía una efigie de piedra.

No oí el ruido de caravanas de viajeros ni mercaderes. Ni vi los guerreros que desafían la luz. Sólo contemplé ese rostro y esos ojos de sangre fría.

Desperté entre las sábanas –era otoño– moviendo los dedos de una mano como si fuese una cabeza de reptil. Observé mis piernas quebradas de tal modo que entre los huecos que dejaban la tela plegada construía territorios blancos que emulaban un distante e infinito escenario.
Me dejé caer sobre las hojas secas que habían penetrado por la ventana. No atiné a ninguna palabra.


Santa Rita, diciembre de 2010

viernes, 31 de diciembre de 2010

Cuando nos alcance la felicidad


Cuando nos alcance la felicidad


Hay que estar preparado, entrenado día y noche, bien despierto de alma y corazón, para cuando llegue y nos alcance la felicidad.
Nos debe encontrar de la mejor forma, espléndidos, fuertes y rozagantes; ni débiles ni huraños. Aquellos malos días deben haber pasado.

Vendrá la felicidad y nos hallará jóvenes, pletóricos de ilusiones.
La felicidad será nuestra.

Llevo conmigo la imagen de la luna detrás de altas ramas que rodean el espejo de agua donde se reflejan tu figura y la mía.

Si preguntaras a esta hora –cuando cierro los ojos y sólo veo dentro de mí– de qué felicidad hablaba la otra tarde, te respondería que ninguna palabra viene a mi boca para confesarte lo que no sé, pero que al instante percibo en íntimo conocimiento.
No hay esmero que alcance este saber.
Lo que trasmite esa imagen es lo que tengo para darte, y ésa es mi felicidad. La tuya será otra imagen. La tuya tal vez tenga palabras.

Con los días muda la imagen. A veces estoy solo, otras acompañado. No siempre hay silencio, pero aunque no hable, ni murmure, en mi pensamiento fluye una música.

Cuando nos alcance la felicidad la luna estará en lo alto.

Sáenz Peña, abril de 2007/ Villa del Parque, enero 2010

domingo, 17 de octubre de 2010

Madre


Madre

Madre,
Madre,
Madre,
Te asombras, te alborotas,
Mi madre,
Madre,
Madre.

Héctor Alvarez Castillo
Poema de "Amatista, 1981-1985"
El barco ebrio, 1985